lunes, 4 de octubre de 2010

Médicos sin control II: Los libros que nadie revisa y los doctores que los firman

Médicos sin control II: Los libros que nadie revisa y los doctores que los firman

Por Juan Pablo Figueroa Lasch, CIPER (*) Fotos: José Miguel Méndez | 30 de Septiembre de 2010 |

Un doctor del Hospital San Borja firma varios días de asistencia en menos de un minuto. En el Hospital Félix Bulnes es normal que los médicos lleguen tarde. Un doctor del Hospital del Salvador se escapa a su consulta particular en medio de su horario funcionario. Otros del Hospital Barros Luco no aparecieron en los registros en todo un año. Y están también los profesionales del Hospital Sótero del Río que no firmaron durante meses sin dejar justificación. CIPER revisó y procesó durante un año los libros de asistencia de cinco de los principales hospitales de Santiago. Los informes de Contraloría demuestran que todas esas conductas son comunes en todos los hospitales del país desde hace décadas. Lo que surge de la investigación de CIPER, es que a pesar de los informes y compromisos, todo sigue igual.

Formalmente, el doctor Osvaldo Villagrán no estaba ahí en el pasillo del servicio de medicina del Hospital San Borja Arriarán. Al menos no según lo que aparecía en el libro en el que registraron su entrada los médicos ese día. Pero a las 9:30 del pasado siete de julio pasó por allí, se perdió en la sala de hospitalizados y no marcaría su asistencia hasta casi el mediodía, cuando se fue. Entonces se registró y anotó como hora de ingresó las 8:30. Tras él apareció el jefe de nefrología, el doctor Eduardo Muñoz. Se detuvo frente a la secretaría, sacó un lápiz y anotó su ingreso a las 8:55. Además, aprovechó de firmar en la hoja de salida del lunes 5 de julio, aunque sin apuntar hora. Minutos después otro médico firmaría la hoja de ingreso diario. Marcó su entrada a las 8:00, aunque el reloj indicaba que eran pasadas las 10 de la mañana.

Que los doctores gozan de un lugar único dentro del sistema de salud no es nada nuevo. De cierta forma, es como si vivieran en un mundo especial separado de los demás trabajadores de los centros hospitalarios del país. Un alto funcionario del Ministerio de Salud señala que “el sistema está diseñado por y para los médicos”. Otro, que pide expresa reserva de su nombre ya que es doctor también, reconoce que este es “un sector donde el médico es el actor principal y tiene los privilegios correspondientes: una serie de garantías –y flexibilidad- que las autoridades desde siempre no escatiman en otorgarles”. Una parte de esos beneficios es dejarlos fuera de los mecanismos de control a los que se deben someter el resto de los integrantes de la estructura asistencial del país. Para los doctores, prácticamente no existen.

Mientras que los auxiliares, técnicos paramédicos, enfermeras y funcionarios administrativos de los hospitales deben marcar su asistencia apoyando su dedo en una máquina que envía automáticamente la hora de ingreso y egreso a una base de datos digitalizada, en la mayor parte de los establecimientos hospitalarios del país los doctores aún tienen un libro donde firman a mano cuándo y cómo quieren sin que nadie los sancione.

CIPER estuvo revisando durante un año los libros de asistencia de 2009 de los servicios de medicina en cinco de los principales hospitales de Santiago (ver mapa). Luego de identificar las firmas de los doctores y los horarios que marcan, se cruzaron los datos con sus contratos y los horarios que deben cumplir tanto en los establecimientos públicos como en las consultas y clínicas particulares donde también trabajan. Después se verificó en terreno cómo se los controla. Y constatamos en terreno que el estamento más alto en la escala jerárquica del sistema de salud goza de total libertad.
La línea de las 8:30

Supuestamente, en julio de 2009 en el Hospital San Borja se implementaría un sistema más efectivo para medir la jornada de los médicos. Al menos esa fue la respuesta que dieron a la última auditoría que realizó la Contraloría a ese establecimiento en enero de este año. La inspección había detectado que el nuevo sistema al que se había comprometido la dirección del hospital en 2008, aún no estaba vigente. Es más, la dirección adquirió ese compromiso porque un informe previo fechado el 7 de abril de ese mismo año descubrió que el libro de firmas que existía desde 2006 y que se revisó en 2007 “no permitió verificar el fiel y cabal cumplimiento de la jornada de trabajo”. Muchos de los informes que deberían enviar mensualmente los jefes de servicio a las unidades de personal no estaban. Y en los que tuvieron a la vista, los doctores habían consignado entrada y salida simultáneamente, habían omitido alguna de las horas de ingreso o egreso o simplemente no registraban su asistencia. Un claro incumplimiento al dictamen que la Contraloría emitió en 2005 y que sienta jurisprudencia para regular la situación en todos los hospitales del país.

La investigación de CIPER corrobora dicho informe. Entre el primero de enero y el 19 de octubre del año pasado, el doctor Hugo Gárate figura 84 veces en el libro de asistencia del servicio de medicina del Hospital San Borja. Tiene un contrato de 11 horas semanales, pero de acuerdo a los registros es imposible saber si lo cumple: en sólo seis jornadas consignó su salida. La doctora Carolina Galindo, con un vínculo a contrata de 22 horas por todo el año 2009, sólo aparece anotando su presencia seis veces. Cuatro en enero y una en mayo. El único día que marcó al salir fue el 8 de enero. Y aunque la doctora María Eugenia Martínez, subjefa del servicio, tenía un contrato de planta por 33 horas desde diciembre de 2003 –este año sólo figura con uno de 22–, recién aparece en el libro en la página correspondiente al dos de octubre. Ese día registró su entrada a las 7:40, pero dejó en blanco la salida. Durante el mes volvió a firmar otras siete jornadas, y en dos volvió a omitir la hora de su retirada.

Todos esos datos se deberían tener en consideración para la calificación de cada médico. Pero en la práctica, eso no ocurre.

-Son como 60 servicios y no se puede revisar a diario esa cantidad de libros. Así que quedan guardados. Queda a criterio de los médicos, a su buena fe, pero se sabe que son absolutamente vulnerados –cuenta un funcionario del área de personal del hospital.

El lunes 8 de junio se introdujo una innovación en los libros de control: se puso a las 8:30 una línea que dividía la página en dos. Con eso se pretendía controlar que los médicos firmaran a la hora que realmente marcaba el reloj. Como el registro se hace por orden de llegada, sería fácil saber quiénes llegaron después. Antes de eso, era fácil ver firmas que anotaban ingreso a las 8:00 de la mañana entre otras que lo hacían a las 9:30 o a las 11:00. Pero ese mismo día, bajo la línea, la doctora María Eugenia Álvarez consignó su ingreso a las 8:00. Durante los días siguientes harían lo mismo los doctores Ricardo Valjalo, Mauricio Vidal, Rubén Fontalva, Marvila Intriago, Soledad Hidalgo y Lionel Rosas, entre otros. La nueva medida sólo duró hasta el 23 del mismo mes de junio. Y aunque la línea volvería a aparecer intermitentemente hasta septiembre, todos los días tendría los mismos resultados.

Finalmente, en noviembre se implementó un nuevo sistema. En vez del libro de firmas, cada servicio clínico contaría con una carpeta donde se pondrían dos hojas: una para marcar la entrada y otra para la salida. Lo que pasó fue lo mismo que antes; sólo cambió el formato. Lo que aparece en los informes de Contraloría sigue tan vigente como desde que se instauró el mecanismo de control. Pero al final, eso poco importa.

-Lo que importa es que el médico sea eficaz. Si es bueno, uno puede pasar por alto si no llegó ni se fue a la hora. Lo importante es que cumplan con sus tareas y obligaciones. Pero en el policlínico la cosa es más seria. El paciente está citado a determinada hora y a esa hora el doctor debe estar sí o sí –dice el doctor Félix Muñoz, ex jefe del servicio de medicina del hospital.

Pero que los médicos estén para cuando llegan sus pacientes o que realmente cumplan con lo que tienen agendado tampoco es controlado. El 26 de agosto, el doctor Rubén Fontalva sólo atendió a tres pacientes en cuatro horas y dejó a los demás sin atención (ver recuadro “Un día con el doctor Fontalva”). El 21 de diciembre del año pasado Ruth Malgue no alcanzó llegar al nacimiento de su nieta porque la doctora María Eugenia Álvarez, que la atendería a las 8:00, no llegó hasta después de las 10:00 y no la hizo pasar hasta pasado el mediodía. Ese mismo día una mujer se paseaba por las salas de espera con un parche que le cubría la mitad del rostro quejándose que la especialista del policlínico de cirugía que la vería no estaba. Cuando pasa eso, los funcionarios dicen que el doctor está haciendo visita a sus pacientes en la sala de hospitalizados o que está en una reunión o que tuvo una urgencia. Aunque la verdad es que no tienen idea dónde está. Las escenas se repiten varios días, con distintos doctores y en diferentes hospitales de Santiago.
Doctores en fuga

De lunes a viernes, el doctor Sergio Godorecci aparece en los registros del Hospital del Salvador (desde el 1º de abril al 30 de septiembre de 2009) ingresando alrededor de las 7:00. Los tres primeros días suele retirarse a las 14:30. Los otros dos, sus salidas varían entre las 11:00 y las 20:00. Y es bastante regular al consignar su asistencia. En 24 semanas presenta 13 ausencias sin justificación en el libro y sólo una vez se fue sin firmar al salir. Pero no sólo trabaja ahí, aunque en eso no hay nada extraño. Sus consultas los días lunes y martes por las tardes en la Clínica Vidaintegra se ajustan muy bien a lo que dice la Ley 15.076: “Cualquiera que sea la jornada de trabajo que desempeñe el profesional funcionario, no quedará inhabilitado para el libre ejercicio de su profesión fuera de las horas contratadas”. El problema está en que el diabetólogo, con contratos de 22 y 28 horas, no cumple a cabalidad con esta norma.

La Asociación de Diabéticos de Chile es una institución sin fines de lucro que está a sólo una cuadra del hospital. Allí, el doctor Godorecci figura en la nómina de médicos especialistas. Lo extraño es que, aunque en los registros aparece que está trabajando en el hospital, todos los lunes atiende ahí pacientes entre las 11:30 y las 12:50 y los miércoles entre las 12:00 y las 13:40. Los sábados también se le puede encontrar en ese establecimiento a partir de las 9:20 y hasta pasado el mediodía.

En 2001, un informe de la Contraloría detectó que muchos doctores del Hospital del Salvador no estaban en el establecimiento a pesar de que en las planillas de asistencia sí aparecían. A raíz de eso, el Servicio de Salud Metropolitano Oriente, del cual depende el hospital, determinó que se extendería el sistema de control biométrico a todo el personal médico de su red. Pero en el Salvador sólo unos pocos accedieron a ser controlados por ese mecanismo. De hecho recién este año se amplió el sistema de control hacia la mayoría de los doctores, aunque aún no los cubre a todos.

-Pero eso da lo mismo. Ahora lo que hacen muchos es llegar en la mañana, marcar en la máquina e irse a atender a las consultas que tienen por aquí cerca –cuenta una funcionaria del hospital.

Godorecci es sólo uno de los muchos médicos que CIPER pudo detectar cuyas jornadas según los registros en el hospital se topan con las de la clínica privada en que trabajan, haciendo de la práctica detectada hace casi una década algo completamente vigente y que se extiende a todos los centros asistenciales investigados.

A excepción de seis veces, todos los miércoles el gastroenterólogo del Hospital del Salvador, Fernando Gómez, marcó su salida a las 14:00, pero a esa misma hora en punto iniciaba su trabajo en la Clínica Indisa. Lo mismo ocurre los martes con la doctora Paula Kusnir y su simultáneo egreso del hospital e ingreso en la Clínica Avansalud a las 13:00. Los días jueves, el doctor Jesús Veliz comienza a ver pacientes particulares en esa misma clínica a las 16:00, aunque en el libro figura retirándose del hospital, salvo pocas excepciones, a las 18:00.

En el Hospital Barros Luco, al igual que en el Salvador y los demás hospitales investigados por CIPER, también hay médicos que presentan incongruencias entre los horarios que registran y los que realizan en otros establecimientos. Los lunes, viernes y sábados el doctor Luis Lagos trabaja en Integramédica desde las 14:00, 10:00 y 9:00 horas, respectivamente. Pero en los registros de 2009 del servicio de medicina aparece que los días lunes nunca se retiró antes de las 14:00 y los viernes jamás antes de las 10:00. Además, en ocho oportunidades marcó asistencia los sábados, ingresando a veces a las 8:00 y otras a las 9:00, a la misma hora que está en la clínica privada. Esos días no anotó hora de salida.

A diferencia de los demás hospitales, en el Barros Luco las páginas para consignar asistencia al servicio tienen los nombres de los doctores tipografiados. Y aunque aparecían en las listas, los doctores Edmundo James, Byron Sarango, Carlos Romero, Sebastián Silva, Daniela Palavecino y Cecilia Abuauad nunca firmaron. Los últimos cuatro aún tienen contrato en el hospital.
Un mes sí, un mes no

María Cecilia Ibarra había esperado seis meses para la cita que tendría con el doctor Alex Vargas el pasado 25 de agosto en el Hospital Sótero del Río, el complejo hospitalario con mayor número de población asignada del país y el único hospital público chileno que figura entre los 35 mejores centros asistenciales de Latinoamérica, según el último ranking de América Economía. Antes se atendía con él en la Clínica Vespucio, donde trabaja en las tardes, pero desde que sus hijas entraron a la universidad, sus ingresos no le alcanzan para pagar un médico particular. Así que fue el mismo doctor quien le dijo que su artritis reumatoide estaba cubierta por el Plan Auge y que la seguiría atendiendo en el hospital. Ella no lo dudó. Antes de eso nunca había tenido que esperar por la atención.

Ese día, el doctor Vargas había llegado al menos 40 minutos tarde. Al entrar, dijo en voz alta a los que estaban en la sala de espera: “No es culpa mía. Sus quejas tienen que hacérselas al sistema”. Debería haber estado allí desde las 13:00, pero al primero de los pacientes que lo esperaban recién lo atendió a las 14:40. Antes de eso se dedicó a entregar recetas en el pasillo y a conversar con la doctora Isabel Hoffmann. Y aunque las consultas se programan para que cada una dure 15 minutos, en media hora despachó a siete de los nueve pacientes que tenía en la agenda de ese día. Luego se tomaría un café. Demoró 23 minutos. Llamó a otro paciente por alta voz. A las 16:10 salió del box y se fue. María Cecilia había llegado antes y cuando se acercó a la técnico paramédico para preguntarle por el doctor, ya llevaba dos horas y media esperando. Su cita era a las 14:30, pero nunca la llamaron. Vargas ya se había ido.

-Este doctor siempre hace lo mismo –le respondió la funcionaria.

Durante el año pasado, la presencia del doctor Vargas en el libro del servicio de medicina del Hospital Sótero del Río fue bastante irregular. A pesar de tener un contrato por 22 horas vigente desde el primero de enero al 31 de diciembre de 2009 –y renovado para este año–, en los 12 meses sólo figura marcando asistencia durante 40 semanas. Aparece el 20 de febrero, entre el siete y el 20 de abril volvió a desaparecer, para volver a aparecer el primero de junio. En agosto sólo apareció a firmar una vez, en septiembre fueron solamente cuatro y en octubre aparece en los registros sólo dos días y en ninguno de ellos marcó hora de salida. Pero vuelve con regularidad durante noviembre y diciembre.

La práctica es antigua. En 2000, los economistas del Ministerio de Hacienda Jorge Rodríguez y Marcelo Tokman –hasta marzo de ese año ministro de Energía– elaboraron un informe que fue publicado por la Cepal y que, además de establecer que en los ’90 la productividad del sector público de salud disminuyó en un 55% pese al incremento de casi 170% de los recursos, menciona una muestra aleatoria de doctores en la que “se concluye que en 1998 sólo se ejecutó un 57% de las horas de consulta previamente programadas”. De todos ellos, el que más cumplimiento presentaba alcanzaba el 75%. Algunos no lograban el 20%.

Pero actualmente, Vargas no es el único médico que aparece y desaparece sin dejar algún registro en los libros de asistencia.

El jefe de hematología del Hospital Sótero del Río, el doctor Hernán Rojas, por sus dos contratos de 33 y 11 horas semanales, debería cumplir jornada completa en el establecimiento. Pero en más de 30 oportunidades omitió la hora de entrada o salida del servicio y desapareció completamente de los registros el mes de febrero de 2009. La doctora Jeannette Gutiérrez sólo figura en el libro entre el 17 y el 27 de febrero del año pasado. En total, son 11 los días que marcó su asistencia durante todo el año pasado y en ninguno se puede comprobar que haya cumplido con el horario que le exigía su contrato por 22 horas semanales: en 10 sólo marcó su ingreso, mientras que en uno sólo anotó su salida.

-Los doctores justifican sus ausencias diciendo que a veces van los fines de semana o en la tarde. Pero eso no sirve, si es que así lo hicieran. Para algo hay agendas médicas, una programación con un número de prestaciones que el doctor debe cumplir por compromiso en ciertos horarios. Pero no se cumplen. A veces porque falta personal y especialistas, pero en otras simplemente porque los médicos no se comprometen –dice un funcionario del mismo hospital.
Ya llegarán

A las 9:05 del 12 de julio una de las funcionarias de la recepción del policlínico del Hospital Félix Bulnes salió al pasillo con unos papeles en su mano. Son las fichas para las consulta de los pacientes que serían atendidos durante esa mañana. La mayoría estaba ahí desde antes de las 8:00. El pasillo, que desde el terremoto funciona como sala de espera, estaba copado. La mujer voceó algunos nombres. Algunos pacientes se le acercaron. Ella les entregó los documentos y les dijo que ya estaban en la lista, que los llamarían, pero que todavía no. Sus rostros se desfiguraron. La técnico paramédico dijo en voz alta que los doctores Horacio Viera, Marco Antonio Henríquez y Eduardo Herrera no habían llegado. “Ya llegarán”, se escuchó a un paciente desde el fondo.

-Ya llegarán –le respondió la mujer antes de volver al mesón.

Casi media hora después aparecería el doctor Henríquez, aunque su horario para atender pacientes ese lunes partía a las 9:00. El del doctor Herrera a las 8:00. Y el doctor Viera tenía que estar ahí desde las 8:30. Pero a las 10:45, dos hombres se quejaban de que este último todavía no llegaba. Uno decía que estaba desde las 7:30 esperando, aunque su cita era a las 9:00. El otro llegó junto a su esposa a la misma hora, pero su consulta era a las 8:30. En todo caso, si bien estaban molestos por la espera, sabían que es así. Ambos contaban que todas las veces que se han atendido con el doctor Viera, han tenido que esperarlo. Que generalmente llega alrededor de las 13:00. Pero ese 12 de julio llegó a las 11:00.

Lo que señalan los pacientes lo corroboran distintos funcionarios del hospital. Que tanto esos como otros doctores suelen faltar en sus horarios.

-Olvídate de los contratos. Si se hace un análisis hay médicos que deben miles de horas al servicio. No cientos, sino que miles. Así, no hay incentivo para quienes cumplimos nuestros horarios –dice un doctor del mismo hospital que pide mantener su nombre en reserva.

Los ejemplos siguen. A pesar de que todos los meses entre febrero y octubre de 2009 aparece firmando asistencia en el el libro del servicio de medicina, es imposible determinar si el doctor Igor Bastías ha cumplido con los horarios exigidos en sus dos contratos de 22 y 28 horas: de las 115 jornadas que registra asistencia, el 93,91% de las veces lo hace sin registrar su hora de retirada. Considerando las veces que sí marcó su hora de retirada, también tiene topes de horario. Los miércoles del año pasado marcó salida sólo dos veces. Una fue a las 14:00, la otra a las 15:00. Esos días iniciaba su trabajo a las 13:00 en la Clínica Bellolio. Además, todas las mañanas hace clases a los alumnos de la Universidad Mayor.

De los 15 médicos que aparecen en libro de firmas, al menos cuatro son además docentes de esa universidad privada. Y todos hacen las clases en los mismos horarios en que se desempeñan en el hospital. La ley exige que los médicos que hagan docencia devuelvan las horas al servicio, pero aunque el director del hospital, el doctor Vladimir Pizarro, asegura que sí se exigen las devoluciones, varios funcionarios y doctores afirmaron que no es así. Que la superposición de horas es el principal problema que tienen en el Hospital Félix Bulnes. Que el servicio se ha venido desmoronando, que algunos médicos han sido vetados y que el rol docente está por sobre el asistencial. Que eso es así desde que la doctora Claudia Morales, directora de la Escuela de Medicina de la Universidad Mayor, asumió como jefa del servicio de medicina.

-Al final no es el servicio el que manda, sino que la universidad. Lo que le conviene a la universidad es lo que se hace. Nadie defiende al enfermo ni al servicio. Ninguna clase se hace a deshora, en cambio un policlínico da lo mismo. Que el paciente espere. Eso es completamente inmoral –declaró a CIPER un médico del hospital.

*En esta investigación colaboraron los periodistas Franco Beiza, Matías Fouillioux, Javiera Pacull y Gustavo Villarrubia.
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