lunes, 4 de octubre de 2010

MEDICOS PUBLICOS Y PRIVADOS?

La polémica por no cumplimiento de horarios por parte de algunos médicos en el sistema público denunciado en Ciper, trae consigo una discusión de fondo más importante: ¿Cuánto han cambiado las bases filosóficas y éticas en que se sustentaba la Medicina?

No es novedad para nadie que la actividad médica ya no concibe al enfermo como paciente, sino más bien como consumidor o cliente. Sin pretender cuestionar en sí ese cambio de nomenclatura, o la relación contractual entre personas, o que un médico gane dinero con su trabajo, surge la duda en relación a cuánto han cambiado con ello las bases filosóficas y éticas en que se sustentaba la medicina, como la confianza, la filantropía y el compromiso ético.

Antiguamente -más allá de cuestiones religiosas o antropológicas- la relación entre pacientes y sanadores se basaba en la confianza que depositaba el primero con respecto al segundo, en cuanto a su propia vida.

Es decir, la medicina esencialmente surgió como un acto de buena fe entre los seres humanos, donde lo que se transaba en términos simbólicos, era el bien más preciado que tiene un ser, la vida. La persona, colocaba en las manos del sanador su propia existencia, su principal propiedad.

Esa transacción no significaba la perdida de la existencia o auto posesión por parte del enfermo, sino su retorno y recuperación, a través de la ayuda del sanador, curandero o médico.

El enfermo, bajo absoluta confianza como receptor de la atención médica, se volvía un sujeto pasivo respecto de su propia salud y vida, delegándole a otro sujeto activo la tarea de mejorarla y preservarla.

Este proceso no estaba necesariamente mediado por transacciones específicas, sino más bien variadas, desde materiales hasta simbólicas como el prestigio, la buena fe. En todos los casos, había un mutuo acuerdo y probablemente igual se cobraba algún tipo de pago, pero el fin esencial era preservar la vida. Y probablemente así sigue siendo para la mayoría de los médicos.

Con el paso del tiempo, la actividad médica también cambió junto el proceso de división del trabajo, lo que permitió pasar de una actividad más bien precaria e irregular a una especializada y de alta tecnología, gracias a importantes mejoras y nuevos conocimientos, que hoy son sumamente beneficiosos para todos.

Junto a ese proceso ocurrió otro igualmente complejo; el paso desde la concepción de pacientes a clientes. Y es aquí donde tomando en cuenta la polémica actual en cuanto al no cumplimiento de horarios, surge la duda sobre el cambio real de los principios filosóficos y éticos en que se sustentaba la medicina?

Médicos públicos, médicos privados

En primera instancia, podemos decir que se produce una ruptura en la base de la relación entre médicos y pacientes, al desvanecerse la idea de compromiso permanente y focalizado en un único fin -preservar la vida- por parte de los primeros, y un vacío en cuanto al valor del sujeto mismo como receptor de la Medicina.

El nuevo consumidor de salud queda -también para el médico- en un limbo entre su antiguo epíteto de paciente y su nueva condición de cliente, debido a que se mantienen las estructuras simbólicas y discursivas de la relación entre paciente-médico, pero dentro de un marco institucional donde la base de dicho nexo no es la vida en sí, sino la transacción de un bien material, específicamente monetario.

La relación médico-paciente, originalmente basada en la buena fe y la primordial mantención de la vida, se convierte en un nexo contractual definido esencialmente por la capacidad de pago del paciente. El médico –o mejor dicho algunos médicos- ejercen su ética y responsabilidad, no en base a la vida de sus pacientes, sino más bien en base al pago que éstos generan para recibir atención médica.

Algunos argumentarán que eso refleja la pugna entre lo privado y lo estatal, o que la mercantilización de la medicina es el problema, y la estatización la solución, pero no.

A esos médicos que no cumplen sus horarios en el sistema público para cumplir en sus consultas particulares, se les paga por atender a esos pacientes de menos recursos. El problema no es que el médico gane poco en el sistema público, sino que gana sin cumplimiento alguno. Lo mismo tiende a ocurrir en el sistema privado, donde los médicos son empleados de una empresa, y deben cumplir cierto número de pacientes, la consulta dura menos de diez minutos y no necesariamente es buenas.

La diferencia es que el paciente del sistema público no tiene otra opción que esperar a que el médico se digne a aparecer y el paciente del sistema privado puede buscar otro médico.

No obstante, en ambos casos, esto genera vacíos en cuanto a los derechos a los que debe acceder todo paciente, como consumidor, y los deberes del médico con éstos, como cualquier otro sujeto que presta un servicio, desde el respeto y buen trato hasta una atención no fraudulenta o negligente.

En este sentido, el paciente, aunque ahora es considerado un consumidor, en la práctica carece de los instrumentos legales, institucionales y discursivos para ejercer tal condición.

En otras palabras, en cuanto a sus derechos, el paciente es aún considerado un sujeto pasivo, impedido de ejercerlos y reclamarlos.Esa es la contradicción del discurso médico imperante.

El médico de cabecera

Un médico dueño de su consulta, atenderá bien y en los horarios acordados a sus pacientes para convertirse en su médico de cabecera permanente, y ganar más pacientes. Si atiende mal, la persona puede buscar otro médico mejor. Si hay muchos médicos, los precios quizás bajen. Incluso, algunos pueden optar por atender gratis en algunos casos.

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