sábado, 12 de junio de 2010

El apartheid de la salud pública en Chile

El apartheid de la salud pública en Chile
Señor Director:
Un hombre muere en la sala de espera de un hospital. Y el mundo sigue andando.

El nombre del Hospital de El Salvador debe ser una ironía trágica de algún chistoso del siglo pasado. Manteniendo la trágica costumbre de dejar morir pacientes en sus pasillos, en pocos días suma dos casos. Esta situación no es nueva en dependencia de lo que se llama, curiosamente, el sistema de salud pública: madres pariendo sus hijos en los baños, agonizantes dejados a merced de su dolor en pasillos infectados de vagabundos, malos tratos, falta de insumos y personal.

Estos pacientes que llegan por medicamentos y salen o más enfermos o simplemente muertos, sufren además de pobreza crónica. Nadie con ingresos suficientes o con capacidad de endeudarse llegará jamás a esta situación. Tampoco quien tenga como amigo al director de alguna clínica famosa o algún ministro.

Del mismo modo que la educación, la previsión y casi todo, la salud se divide en para pobres y para ricos. Lo que define, por consecuencia, una sobrevida para unos y otros. Este apartheid generalizado en que se ha transformado la sociedad chilena, es responsabilidad de la Concertación, esa cosa.

La derecha, inexplicablemente a cargo del gobierno por la tozudez del torpe magnate Piñera, viene con el vuelo que dejó el impulso cultural de los últimos veinte años. Para hacer lo que necesita la derecha en el gobierno, un país de emprendedores en palabras del dueño de Chilevisión, no requieren leyes nuevas. Basta con aplicar las existentes y se ahorran las trabas cínicas de los parlamentarios, muchos de ellos cómplices de las leyes que hoy definen la educación, la salud, la previsión y todo lo demás.

La muerte del anciano del hospital El Salvador es una consecuencia de la existencia de un país segregado, divido entre los que tienen y en los que no. Lo raro es que no se conozcan más casos.

Pero como en otras tantas veces, en que los perdedores abonan el noticiero trágico de las nueve de la noche, la muerte de este hombre esperando por un médico pronto se olvidará tras las noticias que sí valen la pena, como el mundial de Sudáfrica, por ejemplo, país en que, como se sabe, hasta 1991 los negros eran tratados como carne de cogote.

Bajo la misma bruma roja y su alabanza a Bielsa y a la selección quedará algún destello de indignación, algún amago de rebeldía, alguna expresión de bronca inútil.

Después, silencio.

Ricardo Candia Cares