domingo, 30 de diciembre de 2012

ACOSO MORAL Y PSICOLÓGICO AL MÉDICO: MOBBING.

ACOSO MORAL Y PSICOLÓGICO AL MÉDICO: MOBBING. Flórez Lozano, José Antonio



Artículo de Flórez Lozano, José Antonio sobre Mobbing

El médico, como cualquier otro empleado de una cierta organización, puede sufrir acoso u hostigamiento en el medio laboral. Muchas veces, es objeto a una persecución sistemática, mediante una estrategia minuciosamente preconcebida, que tiene como objetivo esencial el destruir emocional e intelectualmente a la víctima. Se trata, por lo tanto, de violencia psicológica extrema sistemática y recurrente que se mantiene en el tiempo (un mínimo de seis meses) (LEYMANN, 1996).
Es un comportamiento perverso y premeditado, posiblemente debido a su brillantez personal y a su inteligencia. Cualquier profesional médico, independientemente de su situación en la pirámide organizativa del centro de salud o del hospital, puede sufrir el acoso institucional (mobbing).
Pero, sin duda, el acoso más habitual es el que ejerce la persona que ostenta el poder. Los comentarios, las críticas, las mentiras, las difamaciones, etc., puede ser ejercidas en toda intensidad y frecuencia contra un determinado médico, ante la pasividad de sus compañeros que miran para otro lado.

El objetivo es la destrucción psicológica del individuo. Y conviene subrayar la destrucción, porque es cierto que en casos extremos, el mobbing puede inducir comportamientos autodestructivos, como intentos de suicidio o el propio suicidio.

MÉDICOS Y MOBBING: UN COLECTIVO DE ALTO RIESGO
La violencia puede ser exógena, procedente de familiares y enfermos e institucional (propiciada por los propios jefes y/o compañeros, es decir, el mobbing. Ante este conjunto de elementos psicosociales es fácil entender la problemática psicopatológica del médico y su alta vulnerabilidad frente a la enfermedad física.

La Agencia Europea para la Seguridad y salud en el Trabajo considera efectivamente a los médicos como un colectivo de alto riesgo. Ni que decir tiene que los efectos del mobbing deben minimizarse y, en este sentido, algunos países (Suecia, Canadá y Alemania), han comenzado a dotar de medidas jurídicas a las instituciones para tratar de erradicar al mobbing desde los mismos inicios.

El tema no es baladí; casi un 12 por ciento de los empleados públicos sufre acoso moral en el trabajo. Muchos médicos son ridiculizados por jefes o compañeros, el hostigamiento psicológico continúa implacablemente, estigmatizando a la víctima con el consentimiento o la colaboración del resto del equipo.
Muchas de estas personas, deciden soportar estoicamente este ambiente de acoso, hasta el punto de poder experimentar una psicopatología ciertamente alarmante.



Muchos médicos, acosados sistemáticamente en su trabajo, habrán abandonado incluso su empleo con todo el estrés que implica para su familia (cambio de ciudad, búsqueda de otro hospital o centro de salud, cambio de amigos, nuevos colegios, etc.). También habrá que tener en cuenta las posibles modificaciones de su personalidad (ansiedad, irritabilidad, neuroticismo elevado, inhibición social, desconfianza, paranoidismo, etc.), lo cual puede tener una gran repercusión en el equilibrio familiar y en el mantenimiento de la red social de apoyo.



El estudio y control de todo este conjunto de variables psicosociales es un objetivo primordial. ¡Difícil tarea! Existen hábitos de conducta muy radicalizados, pero a pesar de todo, ciertamente posible, si queremos asegurar la salud de nuestros profesionales y mejorar la calidad asistencial en todas sus dimensiones (afectiva, técnica, ética, humanitaria, etc.). El caso de este médico, por ejemplo, es suficientemente ilustrativo: había sido imputado de responsabilidad penal por la muerte de una paciente tras una intervención quirúrgica. La madre de la paciente informó a la prensa, a periódicos, revistas, repartió octavillas en el hospital, incluso las insertó en el tablón de anuncios del centro; en una revista afirmaba que el especialista había asesinado a la paciente.

¿Somos capaces de imaginarnos el sufrimiento psicológico de esta persona a lo largo de éste proceso? ¿Se ha recuperado su dignidad y honorabilidad? ¿Qué consecuencias a medio y largo plazo tiene esta situación estresante para él y su familia? ¿Se puede equiparar la dignidad de una persona con 600 euros?

¿Quién será responsable de los posibles trastornos psicopatológicos de esta persona, de la pérdida de su felicidad, de la pérdida de sus amigos, incluso de la pérdida de su familia? El médico trabaja en estructuras aún excesivamente rígidas y burocratizadas que no permiten una rápida adaptación a las variables y necesidades de la población a la que prestan los servicios médicos. Centralismo, objetivos marcados desde las alturas (¡no desde la base!), falta de autonomía en las decisiones, individualismo, etc., constituyen los ingredientes más frecuentes de la organización del trabajo en la que el médico realiza su praxis asistencial. Múltiples agresiones subliminales, difíciles de detectar que van minando el equilibrio psíquico del médico.

No se trata de ninguna agresión física (que también se da con frecuencia), ni tampoco de un acoso sexual; el daño es más profundo, de carácter moral y descalificatorio. A tal punto que en ocasiones salta la agresividad entre los propios médicos. Indudablemente, hay algunas personas especialmente susceptibles que pueden ser más vulnerables frente al mobbing, especialmente aquellos que tienen alguna peculiaridad o defecto, los depresivos y necesitados de afecto y los inofensivos e indefensos. Pero, además, una de las características más llamativas, es la dificultad de la víctima para entender lo que está pasando y organizar su propia defensa.
EL PROCESO DE ACOSO PSICOLÓGICO
Los burócratas y personal directivo cosifican la relación «médico-enfermo» e interpretan algunas actividades empáticas de los médicos asistenciales como un reto o amenaza contra su poder institucional; por ello no es extraño que desarrollen poderosamente todas sus estrategias de «acoso y derribo ». Cuando un proceso de acoso se instaura, la víctima es estigmatizada, se argumenta que el trato con ella es imposible, que tiene mal carácter o que está loca. Se llega a considerar que su manera de ser y de actuar es el factor responsable de las consecuencias del conflicto. Así pues, se le provoca, se inducen comportamientos reprobables, y de ésta forma, el agresor consigue lo que desea, es decir la desestabilización emocional de la víctima, lo cual, a juicio de los demás, confirma las dosificaciones que viene manteniendo y practicando el agresor. Un círculo vicioso, sin límites, en el que hay un final previsto que es la enfermedad y la inadaptación del médico.

El agresor también presenta diversos trastornos de la personalidad. Así tenemos agresores «narcisistas» que buscan sujetos serviles, dóciles y obedientes que no le hagan la más mínima sombra. Son sujetos que propagan en sus equipos la mediocridad profesional. Nadie puede sobresalir porque se pone en peligro la primacía de su «ego». Por ello se comporta de forma despectiva con sus subordinados y de forma aduladora con sus superiores. El psicópata tiene una especial empatía hacia los demás; se muestra encantador y seductor; tiene tendencia a explotar a los demás mediante un estilo de vida parasitario.

Vive de los demás y posee un sentido grandioso de los propios méritos. Su personalidad es egocéntrica y presuntuosa; carece de remordimientos o sentido alguno de culpabilidad, por lo que actúa, junto con su camarilla, sin piedad frente a la víctima. Para el agresor paranoico, todo el mundo va contra él; por lo tanto, parece lógico que pueda desplegar todo su acoso destructivo contra la víctima más vulnerable; es incapaz de tener amigas, sospecha de todos y su estilo de dirección es autoritario, no da concesiones, no muestra debilidad y huye del diálogo. Desarrolla comportamientos ofensivos, crueles, malintencionados, humillantes y mortifica a otros con críticas negativas incesantes. Los comentarios negativos y la conducta de «hacer el vacío» frente a la víctima, se multiplican.

Recientemente, un Juzgado penal absolvía a dos médicos acusados de un delito de lesiones porque se agredieron mutuamente al verse afectados por el burnout. Muy recientemente, en el Diario Médico de 17 de junio de 2003, podemos leer un típico caso de mobbing en el que el Juzgado de lo Social número 36 de Madrid ha reconocido que un ginecólogo ha sido sometido por su jefe de servicio a este tipo de bloqueo psicológico. En este caso, el Instituto Madrileño de la Salud deberá pagarle 24.040 euros. Pero no se dice nada acerca del comportamiento inductor y lesivo de su jefe o cómplices, con lo cual es muy posible que continúe el caldo de cultivo para atacar a otra víctima (¡o a la misma!).

Además, ¿quién puede recuperar el equilibrio psicológico y emocional del facultativo agredido en su psiquismo? Otra sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía (TSJ), ha señalado que la baja por trastornos adaptativo con reacción mixta de ansiedad y depresión, es una forma de mobbing y no de accidente laboral. En este caso, a pesar de que la facultativa puso de manifiesto en diversas cartas al gerente y al presidente de la junta facultativa la marginación laboral a la que se veía sometida y el correspondiente acoso psicológico y moral, la organización no respondió adecuada y decididamente para cortocircuitar el mobbing. Además, la médico sufrió una constante presión laboral y aislamiento profesional lo que impidió claramente sus actividades formativas e investigadoras; finalmente, apareció una severa depresión que motivó su incapacidad laboral. En este caso, como en otros muchos, se pudo comprobar la existencia de actitudes hostiles de forma sistemática y duradera, lo cual implica un trastorno adaptativo.
Todo esto se produce habitualmente en el ambiente laboral, en el lugar del trabajo, ante la indiferencia o pasividad de muchos compañeros que son testigos de lo que realmente está sucediendo; pero nadie es capaz de frenar el ataque psicológico sistemático. ¿Cómo? Es relativamente fácil: se le impidió el acceso a los partes de quirófano, no se le permitió realizar cirugía de autoconcertación (las peonadas) y también se le excluyó de la formación médica continuada. Todo ello se mantiene durante mucho tiempo (varios años) y seguramente se acompaña de otras conductas muy sutiles (no se trata de presiones constantes y violentas) que destrozan psicológicamente a cualquier individuo. El acosador restringe los diversos canales de comunicación de la víctima, no se dirige a ella y tampoco permite que los demás interaccionen con él (lo evitan), rehúyen la comunicación, no consideran sus propuestas, prácticamente disminuyen su interacción a un simple saludo, absolutamente despersonalizado.

El resultado final es el aislamiento social, es decir la antesala de una grave depresión. Conviene subrayar en este punto que aproximadamente un 10% de los suicidios consumados es atribuido a conductas relacionadas con el «mobbing». EL médico, en ocasiones, se ve arrostrado por comportamientos tan degradantes para la dignidad de la persona y su integridad moral, que nos deposita finalmente en el acoso moral (mobbing, harcelement, bullying). El agente que hostiga al médico puede transgredir incluso, la vida laboral para criticar con infundios la vida familiar (bulos sobre su vida familiar). Asimismo, es necesario señalar que las consecuencias patológicas de esta conducta de hostigamiento y marginación, no sólo repercuten sobre el individuo, sino también sobre su familia y especialmente sobre la calidad asistencial. Está en juego, por lo tanto, la eficiencia de las tareas médicas y la praxis clínica.
Lo que parece que desencadena la envidia de estos agresores son los éxitos y los méritos de los demás. HIRIGOYEN (1999), en su obra El acoso moral, proporciona una serie de características propias de la personalidad narcisista que, en cierta manera, define la personalidad del agresor: grandiosidad, deseos de notoriedad, fantasías ilimitadas de éxito y de poder, arrogancia, intolerancia, dificultad para mostrar emociones positivas.
Al ser consciente de sus complejos e inhibiciones, el acosador teme intensamente ser desbancado en el logro de su carrera profesional. El descrédito, las críticas injustas, las injurias personales, los gestos de menosprecio, los falsos rumores, el rechazo de la comunicación, el aislamiento, el acoso, la violencia verbal, física o sexual, la infravaloración, el desprecio, el rechazo, la marginación y la estigmatización continuarán durante mucho tiempo. Naturalmente las consecuencias psicológicas y físicas para su salud pueden ser muy graves.
Aparece fácilmente el trastorno de ansiedad, crisis de pánico, fatiga crónica, estrés postraumático, síntomas depresivos, conductas agorafóbicas y evitaciones sutiles que van evolucionando progresivamente hacia la incapacidad psicológica total. Lamentablemente, todos somos víctimas — de alguna forma— del temible mobbing. Muchas veces actuamos como simples espectadores que permitimos (¡y aplaudimos!), las acciones injustas de los demás en el equipo de trabajo; de tal suerte, que este comportamiento altamente destructivo desde el punto de vista psicológico se extiende por la organización como un reguero de pólvora.

LAS VÍCTIMAS DEL «MOBBING»

Cualquier médico sometido a este tipo de interferencias, agravios, exclusiones, bloqueos, amenazas, insidias, discriminaciones, agresiones y desconsideraciones, termina víctima de un cuadro clínico relacionado con el mobbing. Además, muchos problemas podemos detectar: ¿Se tienen en cuenta tus opiniones?, ¿Te cambian las guardias o los horarios sin consultarte?, ¿Te cambian el programa quirúrgico?, ¿Te asignan tareas que no te corresponden?, ¿Hay rumores sobre tu vida profesional y privada?, ¿Trabajas en un ambiente profesional de alta competitividad?, ¿Recibes la información necesaria para realizar tu trabajo eficazmente?, ¿Has recibido amenazas, ofensas, intimidaciones de jefes o compañeros?, ¿Sientes una cierta persecución en relación a la eficacia de tu trabajo y al cumplimiento horario?, ¿Notas una cierta discriminación en el trato personal entre los diversos miembros del equipo? Todo este conjunto de cuestiones que podemos experimentar habitualmente en el medio laboral, son situaciones de acoso moral o de hostigamiento psicológico que pueden producir en el individuo afectado graves alteraciones psicológicas inductoras finalmente del burnout. Frente a estas conductas de «acoso y derribo », el médico tiene que superar la indefensión psicológica, rechazar la inculpación y evitar la indiferencia. Evitar la pasividad y no reaccionar de forma agresiva, así como conseguir el mayor grado de apoyo social y familiar, son estrategias adecuadas para frenar las consecuencias del mobbing.


El clima de hostilidad que domina en esta sociedad también se va infiltrando paulatinamente al medio laboral, incluso se vive como una condición absolutamente normal; por eso sólo somos realmente conscientes de la punta del iceberg; una gran masa de personal que permanece en silencio es objeto frecuentemente de estas actitudes hostiles que frenan el normal desarrollo de la actividad clínica y la promoción profesional, enquistando al sujeto en disfunciones psíquicas que empujan al sujeto al desmoronamiento psíquico, a una sensación de incapacidad o de limitación psíquica acentuada, con impresión de agotamiento, laxitud y desaliento.

El mobbing, va más allá del exceso de trabajo, de la presión laboral, de la angustia que se experimenta en esas condiciones laborales. El mobbing apunta directamente a la dignidad personal, a la libertad, a lo más íntimo de la persona. Se trata de una actitud mórbida, a veces fríamente calculada, donde la envidia, el odio, la frustración y el resentimiento, juegan un papel determinante. Así pues, el mobbing, es capaz de herir la sensibilidad psicológica y humana del individuo; una actitud y una táctica abrasadora que destruye al individuo que le oprime y le zarandea, que le aturde y le ensordece, que arroja sobre su existencia psíquica el estigma del oprobio.
Los sujetos acosados acaban dudando de sus propias capacidades psicológicas, se rebelan antes contra ellos mismos que contra sus propios verdugos y, generalmente, se ven abocados a la pérdida de su autoestima, a la autoexclusión, a las somatizaciones, a las alteraciones del estado anímico y, ocasionalmente, a conductas suicidas (autolíticas) . Las víctimas, no tienen por qué ser personas débiles o de carácter frágil; a veces, son personas que se enfrentan al acosador. A menudo son personas carismáticas con buenas habilidades sociales, que cuestionan los métodos irracionales de trabajo que les vienen impuestos como la sobrecarga laboral.
El acoso laboral es una desviación psicológica que tiene su origen en la propia organización del centro. Se trata de organizaciones sumamente burocratizadas, despersonalizadas, que se alejan de los principios básicos reguladores de la eficacia individual y grupal (objetividad, honestidad, respeto al individuo por encima de todo, discreción, prudencia, igualdad, consideración personal, justicia, carrera profesional, trabajo en equipo, etc.).

El carácter cerrado o autosuficiente de este tipo de organizaciones y el miedo al desempleo juega, con otros factores, un papel esencial para crear un caldo de cultivo que permite finalmente la práctica de estas conductas de hostilidad, acoso o aislamiento de la víctima por parte de sus jefes (mobbing vertical) o por sus propios compañeros (mobbing horizontal). Surge, por lo tanto, muy frecuentemente un caldo de cultivo perfectamente adecuado para que se desencadenen estos comportamientos de acoso y hostigamiento. Mientras tanto, los compañeros ignoran estas actitudes destructivas y de persecución psicológica y la organización sanitaria, frecuentemente niega la existencia de estas conductas agresivas y perversas existentes en los diversos grupos de trabajo o servicios.

Sin embargo, Leymann (1996) describe hasta 45 formas de comportamiento que describen con precisión el concepto de «acoso moral». Una conducta sistemática y recurrente, mantenida durante un tiempo prolongado (una media de unos seis meses), que trata de destruir las redes de comunicación de la víctima, así como su reputación, llegando a perturbar el ejercicio profesional y logrando finalmente que la víctima pueda abandonar su trabajo. Leymann asegura que es el último campo de batalla en el que una persona puede matar a otra sin ningún riesgo de llegar a ser procesada ante un tribunal. El acoso moral implica conductas atentatorias tanto contra la autoestima como contra la reputación de la víctima. Conductas varias se observan en este hostigamiento: ridiculización pública, ninguneo, descalificación, desacreditación, aislamiento, indiferencia, marginación, recriminaciones, acusaciones insidiosas, etc. Se trata, por lo tanto, de una conducta de aniquilamiento del prestigio profesional de la víctima, uno de los comportamientos más devastadores que puede sufrir el ser humano en situaciones sociales normales (Flórez Lozano, 1994).

Pero para que se pueda hablar de mobbing, hostigamiento o psicoterror laboral, es necesario que éste se produzca de forma sistemática y se prolongue en el tiempo, al menos, durante unos seis meses. Recientemente, un médico relataba en un diario profesional lo siguiente: mi jefe de servicio me ha reducido las guardias sin motivo alguno; en otra ocasión me impuso un turno fijo de tarde para cubrir un servicio durante un mes, cuando en realidad deberíamos rotar varios facultativos; ahora estoy de baja por depresión y ansiedad.» Ésta es una forma típica de acoso psicológico en el trabajo que puede presentar graves implicaciones a nivel psicopatológico.


EL «MOBBING» Y LA SALUD DEL MÉDICO


Aparece, por ejemplo, una hipervigilancia permanente que tienen un efecto demoledor sobre el sistema nervioso (fatiga, cansancio emocional, depresión, agresividad, trastornos del sueño, pérdida del apetito, trastornos obsesivos, sentimiento de culpabilidad, disminución del rendimiento laboral, trastornos psicosomáticos, etc.).
En su vertiente patoplástica depresiva, la clínica es muy parecida a la del síndrome de desgaste profesional o síndrome de burnout (Flórez Lozano, 2002). Son frecuentes a este respecto, las crisis de ansiedad, el miedo, los sentimientos de amenaza, la impotencia, la frustración, la apatía, las distorsiones cognitivas, las somatizaciones, la hipersensibilidad, la susceptibilidad, el aislamiento, la conducta evitativa, los problemas obsesivos y las depresiones (no son extraños los casos de suicidio o de tentativas) que generan un elevado grado de absentismo laboral y un incremento en la accidentalidad, con cuantiosas pérdidas para la organización sanitaria.

La salud del médico se podrá ver aún más afectada, si no tiene los apoyos psicológicos necesarios, lo cual no es fácil, ya que en muchas ocasiones su propia familia no entiende esto del mobbing y tampoco comprenden la actitud del médico. En ocasiones incluso le culpan a él. Si la situación de acoso e incomprensión persiste, es probable que se pueda producir una severa depresión que alimentará una rica y potente ideación suicida. En este sentido, los trabajos de López García y de Camps del Saz (1999) se refieren a algunos estudios realizados en Suecia, en los años ochenta, que aseguran que entre un 10 y un 20% del total anual de suicidios se debía primordialmente a los efectos del acoso laboral.



A veces, el miedo del jefe o de los compañeros, también consigue hacer diana: se inmiscuye en sus huesos, me decía uno de los afectados. El efecto, naturalmente, es fulminante, abrasando al individuo; el resultado es un sujeto absolutamente «quemado» (Flórez Lozano, 2003). Jefes desaprensivos y compañeros crueles amargan y mortifican a otros empleados. Su estrategia suele realizarse de forma sibilina y felona, buscando connivencias con otros, que contribuyen también a crear vacío y extrañamiento a la víctima (Díaz Franco, 2002).

Las agresiones son numerosas y se repiten continuamente, de forma velada, en el medio laboral: obligaciones que no son mías, esperar por el personal, resolver líos de compañeros, cambios de turno a compañeros que llegan tarde, relación con gente que sabe perfectamente lo que no tiene que hacer pero no lo que tiene que hacer, teléfonos bloqueados porque alguien está comentando el partido de fútbol del día anterior, amenazas sindicales, abusos con los interinos y con personal que tiene contratos «basura», etc. A largo plazo, la provocación y el acoso, se van haciendo más duros y, como consecuencia, ocasionan en la víctima ansiedad, depresión, ataques de pánico e irritabilidad.

Se trata de un problema que se está extendiendo rápidamente en las organizaciones laborales. De hecho, la Fundación Europea para la Mejora de las Condiciones de Vida y Trabajo (1996) mantiene que en Europa, 12 millones de trabajadores sufren acoso moral. Y asimismo Leyman (1996), en un estudio realizado con más de 2.400 sujetos, halló que un 14,41%, sufría de mobbing. En España, es perfectamente posible hablar de unas 600.000 personas afectadas por este síndrome. No obstante, la Organización Internacional de Trabajo (OIT), considera para España una tasa del mobbing en torno al 5% de la población activa. Sin duda, estamos convencidos de que el número de profesionales sanitarios es mucho más elevado; además resulta curioso que aproximadamente en un 42% de los casos los superiores jerárquicos respaldan al acosador y en un 40% existe un apoyo tácito. Es decir, que la propia cultura organizativa de la institución estimula el desarrollo de este trastornos psicosocial de gravísimas consecuencias para el individuo y para la organización. Por otra parte, el acoso moral, parece ser más frecuente en el caso de las mujeres que en los hombres (70% en mujeres frente al 30% de los varones) (Hirigoyen, 2001).


Así pues, en ese medio laboral podemos recibir viscosas calumnias, ensañados vituperios, acoso de infamias, actitudes perversas, etc., forman parte de ese escenario laboral, ciertamente real, que constituye el caldo de cultivo adecuado (toda una abyección moral) para el desencadenamiento del mobbing. El individuo afectado se siente anegado hasta el cuello, ¡no puedo más!, ¡siento que estoy asqueado y asfisiado! En fin, un sujeto posiblemente execrado, difamado, vilipendiado; una criatura sufriente y perseguida por los anatemas de jefes y compañeros. Este incesante dolor psicológico será sin duda alguna, la antesala de un cuadro psicológico que cristalizará progresivamente en el síndrome de burnout (Flórez Lozano, 2003).

La persona víctima del acoso moral, manifiesta inseguridad, se siente ridículo (también el acosador le ridiculiza), se siente responsable de la situación laboral y vive intensamente estas emociones, ¡no lo estoy haciendo bien!, ¡yo soy el único responsable!, ¡me merezco todo esto! Incluso la víctima acaba creyendo todo lo que dicen de él y percibe a su enemigo como un amigo (¿síndrome de Estocolmo?). El «acosador» también suele presentar algunos trastornos de la personalidad como la psicopatía, el trastorno antisocial, el trastorno paranoide o el narcisista. Zapf y cols. (1996) han descrito una serie de conductas desplegadas contra la víctima y que integran básicamente el perfil del mobbing. Se trata de comportamientos como: restricciones en las posibilidades de hablar, aislamiento físico, cuestionamiento continuo acerca de las tareas realizadas, asignación de tareas muy por debajo de sus capacidades, realización de trabajos degradantes, ataques a las relaciones sociales, intimidación a su vida privada, burlas respecto a sus actitudes, agresiones verbales, difusión de rumores, etc. Algunos autores (Piñuel, 2002), consideran el mobbing un fenómeno emergente de una gran magnitud en el ambiente laboral que tiene un gran impacto psicológico, social y económico y que, inexorablemente, pone en peligro la salud del individuo y de la propia institución sanitaria (fig. 4).


Está claro que en los últimos años, la relación medico-enfermo ha dejado de ser exclusivamente interpersonal y cada día ocupan un papel más relevante otros profesionales de la salud. Michael Peckman, en un libro recientemente publicado, afirma que «el médico puede llegar a resultar tan remoto para sus pacientes, como el piloto que tripula un avión de líneas aéreas para sus pasajeros: todos reconocen su liderazgo y aceptan someterse a sus decisiones, pero nadie le conoce».



La asistencia sanitaria constituye hoy una empresa de servicios (ética del negocio) y, en este contexto, el médico choca continuamente desde la perspectiva de la ética tradicional; en este sentido, el médico se ve profundamente decepcionado porque realiza su trabajo en un medio desconocido para él cual es la ética empresarial (el mundo de la gestión). La filosofía de la empresa más vanguardista fomenta la autonomía, el espíritu renovador, la opinión de los clientes o usuarios y la productividad en la innovación.



El médico en su quehacer cotidiano, luchando contra la enfermedad, ayudando al paciente y a sus familiares, se encuentra entre el mundo de los valores (dedicación, comunicación, comprensión, responsabilidad, respeto por la dignidad del paciente, solidaridad, ayuda, etc.) y el de los hechos (gastos, número de pacientes, medicamentos, tratamientos, intervenciones, altas, recidivas, utilización eficiente de recursos, etc.). Se encuentra, por lo tanto, entre la espada y la pared. El clínico también sufre directamente las consecuencias de las listas de espera (broncas, protestas, insultos, exabruptos, amenazas y denuncias). Todo esto se traduce progresivamente en una importante desmotivación del médico (síndrome amotivacional) que acaba disminuyendo la calidad asistencial y lesionando los intereses de los enfermos (Flórez Lozano, 1998). Estas circunstancias psicosociales nos llevan a una pérdida significativa en cuanto a la percepción de su autoestima, generándose un sentimiento de desvalorización y desaliento que definen precisamente, la depresión neurogénica y el agotamiento psicofísico del médico quemado.
Aquel médico que había conquistado un gran prestigio, dedicación, honestidad y profesionalidad, casi convertido en «semidios» a los ojos del paciente que se entregaba plenamente a sus cuidados, ha sido sustituido por una imagen absolutamente distinta. En efecto, la desconfianza sistemática, la crítica acerba y la hostilidad frecuente, son algunos de los ingredientes sobresalientes del quehacer médico en la actualidad. El anonimato, el apresuramiento y la despersonalización también han contribuido firmemente a este tipo de modificaciones drásticas en la relación «médico-enfermo».

Igualmente las listas de espera (que promueven la irritación del enfermo y de sus familiares), la indiferencia ambiental y el trato despersonalizado, consiguen deprimir los espíritus más optimistas y los inundan de contrariedades, presentimientos y frustraciones que se proyectan esencialmente contra el médico; sin duda, el único estamento que no es responsable de esta planificación sanitaria realmente caótica.

A este respecto, me gustaría insistir, algo más en el fenómeno de la «despersonalización » que se sufre tanto en el caso del paciente como en el del propio médico. La identidad personal, es un presupuesto ético básico, porque el hombre es un ser individual, único e irrepetible. El gran escritor y pensador Álvaro Mutis, sugería inteligentemente que la individualidad se está borrando en estos tiempos de contemporizaciones y tecnologías.

Ciertamente en el quehacer médico se echa en falta este respeto por la búsqueda de la identidad (contornos de la identidad psíquica). Esa dejación del individuo individualizado, valga el pleonasmo, de esa irreductible condición humana que es la propia identidad, prácticamente ha desaparecido y ciertamente, es el origen de muchos conflictos psicológicos y de una práctica médica que supone básicamente insatisfacción y frustración. En este sentido, el médico debería contar con una formación continuada durante toda su vida laboral con el fin de adiestrarse en las técnicas psicológicas más eficaces para neutralizar el estrés cotidiano de su praxis médica. La educación en cuanto al proceso de toma de decisiones, la administración de su tiempo, el manejo de las habilidades psicosociales, el trabajo en equipo, la asunción de actitudes positivas y creativas, son algunos ejemplos de dominio, control y superación para garantizar un clima laboral agradable (Flórez Lozano, 2003). Por el contrario, el mantenimiento de una tensión laboral mantenida (distrés crónico) produce un alto grado de malestar, incrementándose al mismo tiempo la secreción de catecolaminas y cortisol.

En fin, la sobrecarga de trabajo, la falta de cooperación de los enfermos y de sus familiares, la ausencia de control sobre el propio trabajo, la deshumanización del propio trabajo, la carencia de soporte ambiental, la inexistencia de factores motivacionales en el sistema de gestión de la salud, la pérdida de tiempo en tareas burocráticas o administrativas, la ambigüedad de funciones, la escasa participación en las decisiones importantes de su servicio y del hospital, la inexistencia de autonomía suficiente para alcanzar su grado de autorrealización personal y una compensación económica insuficiente, conducen finalmente a un aumento del estrés percibido por el médico y a una fuerte disminución de la satisfacción laboral. Pero también conviene subrayar que el médico frente a ese estrés que no logra apagar, reacciona con un comportamiento inadecuado y peligroso para su salud que es la neurosis de adicción al trabajo.


Se trata de facultativos que casi viven exclusivamente por y para el hospital. Este síndrome conocido como workaholism, se refiere precisamente a una personalidad que dedica más tiempo al trabajo del que exigen las diversas situaciones (Naughton, 1987). Un médico que considera el trabajo como el punto central de sus vidas en el que domina una personalidad obsesivo compulsiva, preocupado por controlar el ambiente (¡puedo organizar perfectamente todo el servicio y/o hospital!) y así atenuar su inseguridad personal. En todos estos médicos adictos, el agotamiento será progresivo y el resultado final, desde el punto de vista psíquico, lamentable.


Algunos rasgos de su comportamiento son muy sugerentes: se sienten culpables cuando no están trabajando, evitan delegar cualquier trabajo, limitan las lecturas a los temas estrictamente profesionales, tienen dificultades para relajarse, trabajan habitualmente con tensión, se encuentran mejor trabajando que en cualquier otra actividad, son grandes perfeccionistas y se complacen en comentar el tiempo que dedican a su trabajo. Toda una conducta reactiva para tratar de evitar el fracaso del logro personal y una autoevaluación negativa con sentimientos de fracaso y de baja autoestima.

Además, el médico, probablemente por su dedicación casi exhaustiva a su profesión, no es consciente de los cambios vertiginosos que se están produciendo en su derredor; ello puede originar conflictos con los pacientes e insatisfacción en los clientes. En fin, este análisis refleja precisamente la distancia existente (¡mejor dicotomía!) entre gestión y actividad clínica y asistencial. El resultado inexorable es la deshumanización de la que tanto se quejan pacientes y familiares y también el propio médico, pues es en esta cualidad, donde más apoyo e interacción hay con el paciente. Humanizar supone atender y respetar la dignidad del paciente en todas y cada una de sus dimensiones. Desde esta perspectiva el paciente y su familia, se sitúan en el centro de su asistencia y el médico, auténtico protagonista de esta obra, siente el orgullo y la satisfacción de su noble tarea profesional. Uno de los mecanismos psicológicos más eficaces para conseguir un buen grado de «humanización», y por ende, de satisfacción profesional es la empatía; es decir, ponerse en el lugar de otra persona, aproximándose e interesándose por ese mundo emocional y afectivo fuertemente perturbado como consecuencia de la enfermedad.


Cuando una persona accede a un centro sanitario, su vulnerabilidad (miedos, temores, angustia y ansiedad) está muy acrecentada; por eso requiere lo mejor de su médico: comprensión, atención, confianza, seguridad, competencia profesional, afectividad y amor. Pero ciertamente también hay que subrayar que este estilo de trabajo tan deseable y altamente satisfactorio, puede precipitar y empujar decididamente al médico al temido burnout. Todo esto explica, que el agotamiento, la apatía, la desilusión y la desesperación, con el paso del tiempo, pueden invadir totalmente el psiquismo del médico como una tela de araña construida en base a la espesura de la burocracia y el contacto directo con el sufrimiento y el dolor del paciente. Sospecho que lo descrito anteriormente ilustra suficientemente que el médico se encuentre con falta de tiempo y de energía para sentarse a la cabecera del enfermo y poder aliviar sus temores o impartir (¡recetar!) optimismo y esperanza. Posiblemente, la falta de tiempo es el factor que más ha contribuido a la caída vertical del prestigio profesional de la Medicina.

No cabe la menor duda de que ver 40 enfermos en una sola hora, demuestra una carencia absoluta de profesionalidad, una actitud fraudulenta y una tergiversación de la práctica de la medicina.


Así, pues, el médico se enfrenta cotidianamente a los múltiples fracasos del sistema, los cuales, a su vez, desprestigian a estos profesionales. Las nubes de protestas y reclamaciones que estos profesionales sanitarios han realizado ante las autoridades sanitarias, han encontrado —en la mayoría de los casos— el silencio como respuesta, lo cual ha contribuido a potenciar la sensación de frustración, decepción y desasosiego en relación con la actividad del médico. Fácilmente, podemos entender que el síndrome de quemarse por el trabajo, tiene una doble etiología: por un lado, los procesos de intercambio social que tienen lugar constantemente en el trabajo clínico (pacientes, compañeros, familias, estructuras burocráticas); por otro lado, el síndrome tiene que ver con los procesos de afiliación y con la comparación social con los compañeros de trabajo (Schaufeli, 1993).

En el primer supuesto (procesos de intercambio social), la incertidumbre (falta de claridad sobre lo que uno siente y piensa cómo debe actuar), la percepción de equidad (equilibrio percibido entre lo que las personas dan y lo que reciben en el transcurso de sus relaciones) y la falta de control (posibilidad del individuo de controlar los resultados de sus acciones laborales), son tres variables psicológicas suficientemente importantes como para producir un desequilibrio en el Yo del facultativo. Con relación a los procesos de afiliación social y comparación con los compañeros, parece claro que es absolutamente fundamental conseguir un buen apoyo social; además en los grupos sanitarios, existe una especie de contagio social de éste síndrome, debido a los síntomas que se van produciendo indefectiblemente en la institución que, frecuentemente, no adopta ningún programa preventivo ni terapéutico.


Todo esto, puede producir conductas de inhibición, regresión y empobrecimiento de la personalidad. Frente a esta degradación del ambiente sociolaboral que ha experimentado estos últimos años, el médico tiene que potenciar su afectividad especialmente en el seno de su familia (de sus seres más queridos), contactando con sus propias emociones, reconociéndolas y buscándolas como terapia fundamental para huir del burnout y conseguir la felicidad. Esta vivencia puede constituir una frustración muy importante que se encuentra en el origen del síndrome de burnout.

De ahí, que numerosos países (Alemania, Reino Unido, Italia, Austria, Suecia, Francia, etc.) hayan comenzado a desarrollar programas terapéuticos al objeto de prevenir y tratar el mobbing. Así, por ejemplo, la British Medical Association, ha impulsado un servicio de consejo telefónico sobre el estrés y un servicio de counselling para los médicos atrapados por el mobbing. En todo caso, la estabilidad afectiva, el soporte social y familiar y los valores religiosos, actúan como potentes amortiguadores del estrés laboral, dificultando la aparición del mobbing. Pero, de cualquier forma, la tensión en el trabajo y la forma personal de enfrentamiento a los problemas son los principales predictores de burnout. Igualmente, los efectos acumulativos del ambiente médico en el que desarrollamos el trabajo, van desgastando las defensas psíquicas y orgánicas del individuo, facilitando la aparición del síndrome.

Poco a poco, como consecuencia de la interacción del médico con un entorno laboral poco entusiasta, ilusionante y motivador, surgen las distintas manifestaciones del síndrome, especialmente, el agotamiento emocional, la despersonalización y el bloqueo de los logros personales. Así, pues, la asistencia sanitaria en la actualidad plantea un gran desafío a los médicos (prácticamente imposible de superar). Se trata de armonizar los principios humanistas, el respeto por la dignidad humana (decisión compartida, en la que el médico aporta su saber y el enfermo sus valores y deseos), el valor de la calidad de vida, el espíritu altruista del médico y el progreso de la ciencia y de la biotecnología. ¿Es esto posible?… Me temo que no; de ahí, posiblemente surja esa cascada de frustraciones y conflictos que cristalizan en el estrés crónico del médico.

EL MEDIO SOCIOLABORAL, EL «BURNOUT» Y EL «MOBBING»
El médico se siente presionado para mostrar una imagen saludable que no tiene por qué corresponderse siempre con la realidad, ¡como si los médicos fueran inmunes a la enfermedad y la falta de salud cuestionara su competencia profesional! Otro estudio muy reciente también ha podido mostrar que un 81,6% se automedica.


Si el común de los profesionales de la medicina tiene dificultades para gestionar bien su propia salud física, cuando lo que se resiente es la salud mental, los problemas son aún más difíciles. Más del 90% de los médicos reconoce que sufre un estrés exagerado que se traduce en trastornos de ansiedad y en conductas adictivas (consumo de alcohol, adicción al trabajo y a diversos psicofármacos). Lo infrecuente es que el propio médico lo reconozca y busque tratamiento médico, con lo cual el síndrome va adquiriendo unas características de graves deterioro de su personalidad: conflictos interpersonales, irritabilidad y labilidad emocional, impulsividad, baja tolerancia a la frustración, suspicacia, aislamiento social, elevada ansiedad e insomnio y marcadas dificultades en las relaciones familiares (Flórez Lozano, 2002).

También es común que el médico atenazado por el síndrome de burnout, llegue a presentar sentimientos de soledad y abandono, aplanamiento afectivo, anhedonia, episodios de heteroagresividad e ideación autolítica. Curiosamente, los médicos, a menudo, recomiendan a sus pacientes descanso en su domicilio, pero la mayoría de facultativos no asumen ese consejo cuando enferman. Un artículo bastante actual, publicado en la revista British Medical Journal y realizado por William Thompson, de la Universidad de Belfast, ha puesto de manifiesto que el médico no se cuida cuando cae enfermo. Argumentan que entonces los pacientes cuestionarían la competencia de un médico, se sienten presionados por los gerentes para no faltar al trabajo y, generalmente, exhiben un elevado sentimiento de culpabilidad hacia los compañeros, que en esas circunstancias deberían hacerse cargo de la consulta no atendida.
En fin, la sobrecarga de trabajo, la presión en el contexto sociolaboral (grandes listas de espera, ruido, hacinamiento, contaminación), las relaciones con los compañeros, las condiciones del trabajo, la responsabilidad en cuanto a la toma de decisiones, el trato con los familiares que se niegan a aceptar la enfermedad del paciente, la ausencia de cualquier tipo de reconocimiento por la entrega, dedicación, responsabilidad y el afán de superación, constituyen algunos indicadores que actúan realmente como auténticos marcadores.



Igualmente, los problemas inherentes a las dificultades para alcanzar la promoción profesional, las necesidades relativas a la trepidante formación (necesidad casi obsesiva, de estar constantemente formándose), el temor al fracaso terapéutico, una exagerada competitividad, la coacción de los superiores (con falta de preparación para funcionar y diseñar una organización humana compleja), hostigan constantemente al profesional sanitario, facilitando también la continua aparición del síndrome de burnout. Sin duda, este contexto organizacional tiene mucho que ver con el desencadenamiento del síndrome.



Los centros sanitarios responden en muchas ocasiones a burocracias mecánicas asociadas a un gran desgaste emocional del profesional sanitario, debido a la rutina, la monotonía, la falta de control y la laxitud de la estructura administrativa. El producto final de este contexto estructural es la confrontafamición continua (unos funcionan, otros no; unos profesionales son competentes, otros nada), la disfunción del rol (yo hago de secretaria, telefonista, celador e informático) y los conflictos interpersonales (discuto con mi compañero de trabajo por la forma en que ha tratado a un paciente).



Una encuesta recientemente publicada por la revista British Medical Journal, ha puesto de manifiesto la importancia de la «carga de trabajo», en el sentido de que los médicos consultores del sistema público de salud británico (NHS) trabajan una media de 21 horas por encima de la jornada semanal, lo cual nos explica también el cansancio adicional del médico. Algo similar, o más exagerado, sucede en nuestro país. Así, por ejemplo, un juzgado se refería recientemente a la sobrecarga de trabajo continuo que realizaban los médicos de un servicio con relación a las guardias y por ello condenó a la Consejería de Sanidad a normalizar la jornada laboral de los médicos y a compensarles con periodos de descanso, que podrían añadir a sus vacaciones.



Por eso sería conveniente una renovación para poder expresar y cultivar los valores de la «creatividad », «innovación», «imaginación» y aprendizaje compartido. Posiblemente, un formato organizativo autónomo, con equipos de trabajo bien interconectados de forma horizontal y con vínculos fuertes socioafectivos, constituyan esa cultura necesaria para conseguir la excelencia de los procesos asistenciales; una cultura asistencial identificada por sus atributos de confianza y lealtad, que puedan ser capaces de reforzar el proceso de dinamización de los servicios públicos sanitarios y que, al mismo tiempo, sea capaz de asegurar el bienestar del médico. Por otra parte, la necesidad de valoración y reconocimiento (un aspecto prácticamente desconocido en la espesura de la burocracia) constituye un evento ciertamente estresante, simplemente porque no se satisface en la organización laboral.



Asimismo, el exceso de trabajo y el insuficiente salario son las principales causas de infortunio de los médicos, que también se quejan de las pérdidas de estatus y de control sobre su trabajo, del tratamiento que les da la prensa y de las desmedidas expectativas creadas, de los pacientes demasiados exigentes y de la poca comprensión social y política en general. Igualmente, la dimensión social del ser humano a un constante ejercicio de comunicación, que en la mayoría de los casos tiene un fuerte contenido de persuasión. Esta actuación es cotidiana en el quehacer médico; sin embargo, esta actividad es una de las que más desgastan emocionalmente al médico al no controlar los procesos, formas y estructura poliédrica de la comunicación. El médico, en muchos casos, llega a rechazar o huir de la comunicación, para evitar reacciones por parte del enfermo y de la familia que puede ser muy estresantes. Miguel de Unamuno escribió en su obra El sentimiento trágico de la vida, acerca de la necesidad (sed) del hombre de ser cada vez algo más. Sin embargo, este bloqueo en la promoción profesional, junto a la losa tremenda de responsabilidad que implica su quehacer médico, actúan como potentes agentes estresantes que alimentan sin cesar este cuadro clínico.
Así, muy lentamente, el médico se da cuenta del agotamiento que siente y muestra poca atención y hastío hacia su trabajo y responsabilidades. Además desaparece el «autocontrol emocional» y, en consecuencia, se suceden continuos enfados, molestias y explosiones de cólera. De esta forma, el médico se va volviendo cada vez más susceptible y agresivo, sorprendiendo a pacientes, familiares, compañeros e incluso a sus propios seres queridos… Surge progresivamente la despersonalización que se refleja en la frase que le dice su mujer cuando llega del hospital: ¡Desde luego, no te conozco! ¡Ya no eres el mismo!


Emerge entonces el síndrome con toda su fuerza evidenciándose en múltiples síntomas de fatiga, irritabilidad, falta de concentración, baja productividad y creatividad, pesimismo, agotamiento psicofísico, desvalorización, resentimiento, alteraciones del carácter y de las relaciones interpersonales, astenia y enfermedades psicosomáticas diversas (cefaleas, dolores osteomusculares, aumento del colesterol y ácido úrico, disminución de la glucosa y de las defensas inmunológicas, molestias gastrointestinales, úlceras, problemas diarreicos, disminución de peso, sensación crónica de cansancio, hipertensión arterial, insomnio, etc.) (Flórez Lozano, 2002).
Nuestra experiencia clínica también nos ha confirmado que entre los médicos afectados por este cuadro clínico, es muy frecuente encontrar un cuadro de depresión «anérgica» asociado a ciertas adicciones sociales como es la bulimia, la hiperfagia, la ludopatía, el síndrome de compras compulsivas y las adicciones químicas (drogas y medicamentos). La presión del tiempo, el sueldo (la Asociación Europea de Médicos de Hospitales ha puesto de manifiesto que en cuanto a retribuciones económicas, la diferencia entre lo que cobra un médico al principio y al final del ejercicio profesional es mínima), y el entorno de presión amenazante, constituyen potentes agentes estresantes que determinan finalmente el burnout del médico. En este sentido, es significativo el absentismo y el bajo rendimiento laboral de estas personas; por lo general, se presenta una situación de comorbilidad, es decir, una asociación de unos cuadros clínicos con otros.

EL ACOSO MORAL

En este punto nos vamos a referir al mobbing (acoso moral). Según el psicólogo sueco Heinz LEYMAN, se trata de una auténtica violencia caracterizada por una actitud discriminatoria hacia un médico por parte de sus compañeros o sus superiores. El médico puede experimentar una coacción abusiva a través de palabras (descarnadas palabras), actos, gestos, vejaciones, abusos y conductas (por ejemplo, la zafiedad presuntuosa del jefe, la humillación, la ofensa, las actitudes denigrantes y lesivas de gerentes, directores, jefes, etc.) que atentan contra su personalidad y dignidad.
Muchos médicos que no han encontrado aún una estabilidad en su trabajo, que están en la cuerda floja, soportan vejaciones impronunciables porque la inestabilidad laboral en sus empleos (¡y la mano del jefe que llega muy lejos!) les impide responder con la contundencia que les exige su propia dignidad. Y no solamente no responden a esos jefes, tampoco lo hacen a los pacientes, a los familiares y a sus propios compañeros, envueltos también en esa marea del mobbing
El resultado es un largo rosario de síntomas que van estructurando progresivamente el «síndrome de estar quemado» (Flórez Lozano, 1994). Un médico, con más de 25 años en el Sistema Nacional de Salud, me comentaba con rabia e irritación todo lo que ha tenido que soportar de un jefe sumamente celoso y envidioso. Ante cualquier idea o proyecto siempre surgía la dificultad y el obstruccionismo. Describía este médico el terrible daño moral y psicológico que sufrió en su desarrollo personal, incluso con su fortaleza psíquica; otros, por el contrario, han resultado absolutamente dañados en su personalidad y no han podido alcanzar la plena capacidad de su vocación médica y de sus capacidades investigadoras y clínicas.

El tema, desde luego, no se puede trivializar, no es baladí. Exige un esfuerzo de comprensión, estudio y tratamiento adecuados. ¿Cuántos profesionales habrán sido postergados por la injusticia de un jefe inseguro y vanidoso? Un jefe que desconoce la labor, el esfuerzo y el entusiasmo de sus colegas.

¿Cuántos médicos no habrán podido llegar a ser grandes profesionales debido a ese acoso moral? ¿Cuántos médicos habrán sufrido trastornos emocionales como consecuencia de la envidia de sus jefes?
¿Cuántos desequilibrios psíquicos y disfunciones familiares se habrán producido en muchos médicos, como consecuencia de tener un jefe sin inteligencia emocional y, además, incompetente desde el punto de vista científico y clínico?
La respuesta es realmente alarmante y muchos de ellos, a pesar de los años, aún experimentan ira y rabia por todo lo que no han podido conseguir y, sobre todo, por todo lo que no han podido disfrutar, debilitando su felicidad. El clásico «jefe », ante su incapacidad, inseguridad y carácter pusilánime, se ha traducido en un mecanismo de proyección, de «acoso y derribo» de sus subordinados (ética menesterosa, abuso de poder, amiguismo, caciquismo, cosificación, etc.). Una actitud sádica que podría compensar su profunda insatisfacción, inseguridad y debilidad psíquica. Naturalmente, éste fenómeno psicosocial de cierto tipo de liderazgo disfuncional destruye progresivamente el ambiente de trabajo; todo se vuelve más conflictivo y complicado y, por supuesto, las relaciones humanas van desapareciendo generándose un clima frío que favorece el desgaste, la desconfianza, la insatisfacción laboral (ergofobia) y las actitudes neuróticas.

Generalmente, esta respuesta al acoso laboral es una conducta inadecuada bastante generalizada, esto es, el absentismo laboral (conducta evitativa). En fin, la intimidación, «hacer el vacío», el asedio constante, el amedrentamiento, el hostigamiento psicológico (instantes penosos y ominosos padecidos por la víctima) en el trabajo, se agrava cada vez más y necesita, por supuesto, programas operativos de prevención y tratamiento. La Unión Europea (UE), definió oficialmente el «acoso moral» en el trabajo el 14 de mayo de 2001 como un comportamiento negativo entre compañeros o entre superiores e inferiores jerárquicos, a causa del cual el afectado es objeto de acoso y ataque sistemático durante mucho tiempo, de modo directo o indirecto, por parte de una o más personas, con el objetivo y/o efecto de hacerle el vacío. Toda esta normativa, naturalmente, será de obligado cumplimiento en todos los estados miembros. En Francia, por ejemplo, ya es un delito sancionado en el Código Penal. También Alemania, Inglaterra, Bélgica y recientemente Portugal han modificado sus leyes para proteger a sus trabajadores del acoso laboral.

La mayoría de los estudios confirman que los servicios sanitarios tienen un elevado porcentaje de ésta conducta patológica. Concretamente, el British Medical Journal (1999; 318: 228-332), reflejaba en un estudio con más de 1.000 trabajadores sanitarios que el 38% habían sufrido diversos tipos de acoso y, además, el 42% había sido testigo de hostigamiento hacia sus compañeros de trabajo.
Los rasgos de empatía de la personalidad del médico: sensibilidad, compasión, tolerancia, entrega, capacidad de sufrimiento, interés por el bienestar del paciente y de la familia, etc., chocan frontalmente con otros rasgos de personalidad absolutamente distintos que se detectan en los «burócratas» (entendemos naturalmente por inadecuados burócratas), tales como el control, la optimización de los recursos, el control de calidad (¿calidad? ¿De que calidad hablamos?), el rendimiento profesional, etc. Naturalmente, la capacidad del médico, de su relación, de su competencia, de su prestigio, de su capacidad empática, puede desencadenar una lucha de poder (¿inconsciente?) y a partir de aquí, convertirse en el pararrayos de las desgracias del sistema y en el acoso laboral de jefes y burócratas que se sienten (se perciben inconscientemente) como superados por los médicos que simplemente quieren trabajar y desarrollar de la mejor forma posible su envidiable profesión.
El trabajo tiene que ser un lugar de realización personal que, al mismo tiempo, sea capaz de potenciar todas sus habilidades y capacidades. Un espacio y un contexto en el que el médico encuentre respuestas y satisfacciones a su quehacer profesional; un trabajo que alimente su orgullo personal, su amor a los pacientes y su equilibrio emocional.

En esta perspectiva, el médico tiene la posibilidad de avanzar en el desarrollo de su personalidad que es en sí mismo, una forma de «trascender», de ser feliz y de caminar hacia la perfección. Pero además, en ese proceso de desarrollo personal, el médico tiene la necesidad imperiosa de entablar relaciones, especialmente con el paciente y con sus familiares… El médico tiene mucho que compartir: vivencias, sentimientos, afectos, amistad. Y esta relación de ayuda es la que puede producir un desgaste emocional patológico. Pero su activismo, determinación y autorrealización, pueden quedar muy mermados como consecuencia del acoso laboral. Esta actitud se manifiesta cuando se ejerce una presión continua sobre el médico (nuevos horarios, nuevos pacientes, otras responsabilidades, falta de comunicación, exclusión en la participación integral del servicio, etc.).

El mobbing, (matar social y laboralmente a alguien) es un proceso sistemático de comportamiento hostil hacia un individuo que, si tiene una frecuencia elevada y una duración prolongada, puede llevar a la incapacidad psíquica del médico (síndrome de estar quemado). Probablemente, la cuestión más importante no es qué actitudes y comportamientos se muestran hacia la víctima o cómo se le trata, sino que el factor relevante es la frecuencia con que se ponen en práctica tales comportamientos y durante cuánto tiempo.
Esta carencia o deficiencia de estructuras u organizaciones sociales explicada por el acoso laboral, implica una profunda apatía que sobrepasa a la misma depresión. El mobbing, llega a producir en el sujeto una situación anómica, es decir, una carencia de significados de la vida y del propio existir que se resumen en la tríada neurótica (depresión, agresión y adicción). La destrucción del acto médico y de la relación «médico-enfermo», facilita extraordinariamente la aparición del mobbing.

La falta de formación en todo el campo de la comunicación, alimenta también este síndrome. La comunicación con el paciente es esencial; hay que conocer sus gustos, aficiones, preferencias, sensibilidad, etc. En general, tenemos buenos médicos pero malos comunicadores y esto constituye una fuente de conflicto cada vez más ostensible. Saber comunicarse con el paciente, explicarle lo que tiene y asegurarle que su colaboración para el tratamiento es esencial, son habilidades esenciales para moderar la intensidad del estrés.

Hay algunos médicos que rechazan el plano emocional y afectivo en la comunicación con el paciente, se convierten en una pared. Precisamente la buena comunicación con el paciente (especialmente en los pacientes oncológicos) es una de las claves de éxito terapéutico. Estas deficiencias en los niveles de comunicación no se solucionan con el tiempo ni con la experiencia clínica, con lo cual los problemas de interacción y de estrés aumentan sin cesar, facilitando la aparición del burnout. La motivación para el médico reside fundamentalmente en el significado y en la «trascendencia», es decir, «algo» que va más allá de la propia persona. En la búsqueda de ese sentido personal reside principalmente la eficacia terapéutica. Se trata, no de hacer lo que se puede, sino lo que se «debe», la autorrealización y autoexpresión.
Como estos mecanismos y procesos psicológicos no se comprenden y tampoco se valoran, es fácil que finalmente el médico sea una víctima impotente de una situación desesperada. El mobbing, por lo tanto, va a ser la causa determinante del posible aislamiento social (anomia), de la falta de apoyo y de la carencia de sentido. En estas circunstancias, el médico tiene que encontrar algún tipo de solución; desarrollar algunas habilidades en la solución de problemas. De lo contrario, sabemos que la desesperación y frecuentemente la anomia vienen cuando las personas no tienen opciones (¡no hay escapatoria para este ambiente tan frustrante!). Es fundamental, por lo tanto, asumir que en cualquier situación tenemos opciones, aunque sea solamente la del cómo enfrentarnos a esa crisis. Es igualmente imprescindible asumir la responsabilidad de nuestros actos y la trascendencia hacia los demás. El médico víctima de este acoso psicológico y del síndrome de burnout, tiene que ser consciente de lo siguiente: Tienes que aceptarte a ti mismo; ahí estás por lo que eres; no hay seres perfectos. (Flórez Lozano, 2003).
Es necesario vencer el vacío existencial que se puede producir en estas circunstancias psicopatológicas vinculadas al burnout. Jung, por ejemplo, escribió que la falta de sentido de vida en las personas era equivalente a la enfermedad y una etiología crucial en las neurosis.
Desde el punto de vista psicoterapéutico, estoy convencido de que lo esencial para superar el síndrome de burnout es encontrar la plenitud de su significado en el vivir. Esta falta de sentido de la vida ligada al síndrome de burnout, se expresa a través de una neurosis existencial (incapacidad de encontrar sentido al trabajo, a la familia, a los amigos, a los pacientes, a la medicina; pérdida de la esperanza, etc.). Cuando se tiene algo por qué vivir, por qué luchar, la capacidad de superación y de soportar cualquier circunstancia crítica, es mucho mayor.

En la perspectiva terapéutica y de afrontamiento del burnout, hay que potenciar las expresiones positivas y minimizar las expresiones negativas o neuróticas. De esta forma se puede conseguir una personalidad totalmente congruente (saludable y altamente satisfactoria) que no será afectada por factores externos y prácticamente inmune a las enfermedades (Flórez Lozano, 2003).
Es importante recalcar, y esto es central en nuestra tesis y de hecho es lo que fundamenta al humanismo y a la posibilidad de cambio y desarrollo de las personas, que tanto la anomia como sus variaciones: la depresión, el nihilismo, el conformismo y la búsqueda material, se refieren a elementos de personalidades periféricas o superficiales.

De cualquier manera, es preciso encontrar ese plano de «trascendencia» que asegura la coherencia de nuestra personalidad. En este sentido, un objetivo terapéutico esencial radica en entrar en contacto con la esencia del ser humano; permitir que se desarrolle al máximo su potencial, logrando a su vez que encuentre también su camino de trascendencia. En fin, actitudes de fatalismo, nihilismo, resentimiento, desvaloración (o sobrevaloración enmascarada), decepción e inhibición, constituyen frecuentemente las respuestas psicológicas a este acoso laboral que puede terminar, en el supuesto de una cronificación, en el síndrome de burnout. Conseguir una buena relación amorosa para con uno mismo es la condición básica para amar, tolerar y ser tolerante con el otro (con los amigos, con los familiares, ¡y con el paciente!).

Para el médico, es la repetición sistemática de tales comportamientos abusivos (¿agresivos?, conscientes o inconscientes) a lo largo de un tiempo prolongado, la que va a causar los graves efectos psicopatológicos en su personalidad. Este comportamiento genera en la víctima una sensación de «persecución constante», mediante ciertas actitudes: imposición del silencio, amenazas, aislamiento, asignación de tareas vacías de contenido, ataque verbal, actitudes arrogantes, rumorología, etc.
En nuestros estudios, hemos podido comprobar que dos tercios de la muestra de médicos que sufren violencia en el entorno laboral (mobbing), generalmente son jóvenes que tienen una buena formación y que, por lo tanto, son una amenaza para compañeros y jefes de más edad y con una formación menor. Así, pues, en estos casos una persona o grupo de personas se comportan abusivamente con palabras, gestos, actitudes, etc., generando una degradación del clima laboral, un entorno laboral hostil que puede determinar este síndrome.

En efecto, la agresión verbal y física aumenta continuamente. Discusiones con gritos, gesticulaciones, insultos, amenazas o intentos de chantaje son cada vez más frecuentes en la consulta del médico; a veces, terminan en agresiones físicas (agarrones, puñetazos, empujones, uso de arma blanca, etc.)

Los motivos tienen que ver con la imposibilidad del sistema de salud para ofrecer una asistencia óptima, con la saturación de las urgencias y con las elevadas listas de espera. La falta de cultura de algunos usuarios y el intento de sacar beneficios económicos, se añaden a estos males endémicos del sistema sanitario público. Estos pacientes son conocidos de forma eufemística como pacientes «conflictivos» y buscan fundamentalmente recetas, bajas laborales o pensiones de invalidez (Vaquero, 2003).

Ante estos comportamientos, el facultativo siente una total desprotección que se hace patente por la ausencia de personal de seguridad, falta de interfono, sistemas de alarma, etc. El médico adiestrado en las técnicas psicológicas precisas puede evitar la práctica totalidad de las agresiones y enfrentarse correctamente a estas personas violentas: no entrar en discusión, escuchar al paciente irritado, establecer una adecuada distancia de seguridad, mirarle a los ojos, permanecer con seguridad y firmeza, actuar con confianza en sí mismo, tratar de comprenderlo y ayudarlo, pueden ser armas eficaces para neutralizar el ataque del paciente. En última instancia, los servicios de seguridad, los propios compañeros del centro y la propia huida, son las conductas adecuadas.



Naturalmente, el permanecer diariamente en un entorno hostil produce un fuerte estrés que desgasta psíquicamente al médico; la víctima tiene la sensación de que no vale nada, su autoestima se queda por los suelos. Efectivamente, la duda acerca de su competencia profesional y capacidades, se instala en su mente y le atormenta de continuo; se siente culpable y acaba por ser incapaz de acudir a su trabajo, debido precisamente a la crisis de angustia motivada por el acoso laboral y que se puede traducir en una reacción mixta «ansiedad-depresión » acompañada de una serie de síntomas tales como: hiporexia con pérdida de peso, insomnio de conciliación y mantenimiento, irritabilidad, bolo esofágico, palpitaciones y falta de atención.

NUEVAS PERSPECTIVAS Y FILOSOFÍAS ANTE EL «MOBBING»

«El que tiene un porqué por el que vivir puede soportar casi todos los cómo».
VICTOR FRANKL (El hombre en busca de sentido).

«Cada día que vives es una ocasión especial» (¡Aprovéchala!)

El mobbing, implica un círculo vicioso; una vez se inicia el acoso, este fenómeno se retroalimenta del miedo que el médico siente ante el agresor. ¿Qué agresor? Lo más común es el jefe de servicio u otro cargo administrativo, pero también puede ser su propio compañero de trabajo que abusa de su debilidad psíquica, para así poder ascender él en su promoción profesional, sin olvidar tampoco los pacientes (enfermos difíciles) y los propios familiares (agresores potenciales ante cualquier tipo de frustración o fallo del sistema sanitario).

Por eso, en las empresas y hospitales de vanguardia, se cuida al máximo el perfil de los profesionales que gestionan el servicio o el hospital. Uno de los instrumentos más utilizados en este sentido es el Percepcion and Preference Inventory, una herramienta psicológica cada vez más utilizada por estas instituciones con el fin de asegurar el éxito en el rendimiento profesional y conseguir, en última instancia, que la persona que vaya a ocupar ese puesto de responsabilidad cuente con altísimas garantías y sea la más indicada para hacerlo.
¿Qué tipo de garantías? Pues naturalmente, son garantías que se derivan de las propias necesidades de los médicos y del resto del personal sanitario y que cristalizan en una serie de cualidades que configuran el líder ideal.
Hablamos de una persona culta, justa, honesta, sensible, flexible, equilibrada, respetuosa, prudente, discreta, trabajadora, comunicativa, estimulativa, amable, sincera, alegre, comprensiva, sociable, con gran capacidad de escucha, atenta a los detalles (son personas que dan más importancia a la calidad que a la cantidad), participativa, creativa, imaginativa, cordial, coherente, potenciadora de los grupos y equipos de trabajo, facilitadora de las relaciones interpersonales y de la confianza del equipo y de todos sus miembros, con tendencia a la contención emocional y con respeto a la capacidad de adaptación, promoción y autorrealización de todos los miembros del equipo sanitario, facilitando además, la importante necesidad de logro.
La capacidad de adaptación, versatilidad y entusiasmo de este líder es esencial para garantizar el equilibrio en el seno del grupo. Su intuición y saber estar en el lugar adecuado y en el momento preciso, permiten superar consideraciones anacrónicas que empequeñecen y reducen el crecimiento psicológico de los propios médicos.

La nueva filosofía organizativa y grupal tiene que ser capaz de superar el escenario penoso en el que muchas veces se desenvuelve el médico y que se caracteriza esencialmente por el aburrimiento, la rutina, la esterilidad, el cansancio, el hartazgo, el aislamiento, el hermetismo, la ausencia de capacidad organizativa y de medios y la falta de responsabilidad y moralidad.

Todo esto supone una gran desestabilización psíquica para el individuo, lo cual le conduce inexorablemente a la enfermedad. Una persona cansada, con menos ímpetu que va con su «nada» por las calles y por los pasillos del hospital, con pérdida acrecentada de su vitalismo y de sus grandes ideales de ayuda a los demás. En fin, una dolorosa experiencia cotidiana (¡Es triste que el trabajo sea así¡) que se traduce en el fracaso profesional más estremecedor (¡Eso es el burnout!).

Se trata, por lo tanto, de una persona alejada del rol convencional o tradicional típico de estructuras «piramidales», es decir, absolutamente obsoletas para luchar precisamente contra el síndrome de burnout. Personas que se caracterizaban por ejercer un rol duro, frío, ejerciendo el control sobre los demás (dominancia activa), claramente desconfiadas, competitivas, neuróticas, sarcásticas, narcisistas, con gran tendencia a la búsqueda del poder, agresivas y que generaban una gran tensión y ansiedad en el seno del grupo. No obstante, no existe un perfil claramente definido de personas más sensibles o vulnerables a este síndrome. Sin embargo, podemos entresacar que las personas «inseguras» y «competitivas» tienen mayor riesgo de padecer este síndrome.
En realidad, no se trata de dos rasgos de la personalidad, sino de uno solo, porque la competitividad es la simple expresión compensatoria de la inseguridad.
Obviamente, estas personas deben de ser excluidas para ejercer este tipo de liderazgos en un hospital moderno porque, sin duda, está en juego la salud de los pacientes y también la de los médicos; un tema, por lo tanto, extraordinariamente importante que las nuevas administraciones sanitarias deberán tener muy en cuenta, de forma prioritaria, a la hora de organizar y planificar nuestros hospitales.

En este sentido, se habla frecuentemente de conseguir un nuevo hospital. Pienso que lo más importantes, no es el hormigón, aún valorando de forma importante el diseño, los espacios y la ergonomía; pero estaremos de acuerdo que lo trascendental es el cuidado de la persona (el médico y su familia) y, por supuesto, de los equipos sanitarios. Con un nuevo edificio, el burnout puede ir in crescendo progresivamente; por el contrario, en la atención a la persona y a los grupos, se encuentra la clave para poder frenar este síndrome que amenaza con destruir la relación médico-enfermo y, en última instancia, la calidad asistencial y el equilibrio psicofísico de médicos y otros miembros del equipo sanitario.
Este miedo, al mismo tiempo, genera una actitud defensiva que provoca nuevas agresiones y actitudes fóbicas. El mecanismo funciona de la siguiente forma: ver al acosador implica miedo en el médico; cuando el agresor ve a la persona acosada siente odio y desprecio que le incita a continuar el proceso.
Es necesario, por lo tanto, romper este circulo vicioso y desarrollar estrategias de enfrentamiento y fortalecimiento ante las diversas actitudes agresivas. Tal como ha sugerido Leymann recientemente, el entorno laboral puede ser el único campo de batalla en que es posible destruir psíquicamente a otro sin tener ningún tipo de responsabilidad (bien es cierto que esto empieza a cambiar). Concretamente, en lo que se refiere a la presión que recibe el médico (muchas veces actúa de parachoques de las medidas estructurales del sistema), hay que citar especialmente la que puede recibir de sus jefes, no especialmente dotados en cuanto a las habilidades sociales, relaciones interpersonales y capacidad de liderazgo.

En los últimos tiempos hemos conocido un caso —por cierto, se repite con bastante frecuencia— que consistía en que el jefe prohibía al médico el acceso a los archivos de informes de los pacientes, el manejo de los ordenadores del servicio, la actividad docente, los servicios de guardia e incluso todo esto supuso una disminución económica muy importante, para el médico víctima del abuso psicológico de este director. Pero en pleno siglo XXI está claro que será necesario diseñar nuevos equipos de trabajo con nuevas filosofías que sean capaces de integrar al individuo y conseguir su plena autorrealización personal y profesional. Así, pues, la característica esencial en la conducta de mobbing, viene dimensionada por situaciones grupales en las que el individuo es sometido a persecución, agravio, presión psicológica, violencia psicológica, etc. Precisamente, en las instituciones sanitarias actuales se da un caldo de cultivo excelente para que surja y se reproduzca en toda su intensidad el mobbing.

Se trata de instituciones que consideran el poder y el control como valores prioritarios sobre la productividad y la eficacia. Los costos de esta práctica común en los medios sanitarios son realmente espectaculares: disminución de la calidad de vida y de la productividad, aumento del número de errores médicos, incrementos del absentismo laboral y aumento de las disfunciones psíquicas y físicas. El síndrome de chivo expiatorio, la envidia y el abuso de poder en el trabajo, son otros términos frecuentemente utilizados para referirse también a este concepto.

Las críticas, vejaciones, mentiras y calumnias, descalificaciones, humillaciones, ridiculización pública, sarcasmos, insinuaciones, amenazas verbales, asignación de tareas insignificantes, ocultación de información, silencios intencionados, miradas de desprecio, etc., comienzan a aparecer profusamente, dando lugar a una de las violencias más íntimas y clandestinas, una de las experiencias psicológicas y emocionales más devastadoras que puede sufrir un ser humano y que, en consecuencia, puede ser «destruido» física y psicológicamente.

No resulta, por lo tanto, extraño que un 80% de los médicos haya pensado seriamente en abandonar la Medicina y que un 70% no volvería a estudiar Medicina al conocer el contexto sociolaboral actual. Este acoso implacable que puede sufrir el médico por parte de su jefe, del gerente o de los familiares, llega a producir emociones fuertes muy nocivas para su salud, hasta que finalmente se instala en la desesperación. Tan es así, que la tasa de suicidios entre los profesionales de la medicina, es muy superior a la población general.


En Suecia, por ejemplo, se ha demostrado que un 20% de los suicidios se debe esencialmente al «mobbing ». Esta panorámica tiene que hacernos reflexionar seriamente. En principio, ser conscientes de que algo no funciona en el sistema sanitario y de que un trabajo, tan poco alienante como es la medicina, no debería de producir tantos conflictos psicológicos capaces de poner en peligro la salud del médico, la salud de su familia y, naturalmente, la calidad asistencial. Los conflictos agresivos se multiplican llegando a estigmatizar a la víctima, es decir, al médico que se siente acorralado y, en consecuencia, tiene lugar el decaimiento psicológico (depresión, estrés/ ansiedad, pensamientos obsesivos, sueños repetitivos relacionados con el acoso, falta de motivación, descenso en la calidad, resentimiento, etc.).
Asimismo, el abuso de poder, la persecución psicológica, el rumor, las envidias, la actuación solapada, la inhibición de los demás, la manipulación perversa y una institución incompetente para resolver los conflictos, son algunos ingredientes esenciales en la cristalización de esta conducta. En efecto, la organización del trabajo, el liderazgo dictatorial, la espesura burocrática, el aumento constante de presión y responsabilidad y especialmente, la falta de autonomía y capacidad de decisión del médico, constituyen ingredientes esenciales para un caldo de cultivo, en el que emerge con toda su fuerza y efecto devastador el estrés laboral, es decir, el burnout.
Si conocemos realmente que estos ingredientes, constituyen lo más nocivo para el médico, para la enfermera, para los pacientes y para toda la institución, ¿por qué no los evitamos? y en su lugar, disponemos de un bálsamo relajante y estimulante que maneje otro tipo de ingredientes «saludables» como: el reconocimiento personal, el apoyo social la promoción en el trabajo, la valoración del trabajo realizado, la compensación económica adecuada, los años sabáticos, etc.
Para compensar este conjunto de deficiencias, el médico se puede volcar aún más en el trabajo llevado por sus fantasías y perfeccionismo, siendo atrapado más fácilmente por el burnout.
Naturalmente, las circunstancias negativas y alienantes del trabajo son capaces de alterar el estado eutímico del médico, llegando a sentirse sin ánimo, con el monstruo de la depresión mordiéndole las entrañas. Este lúdico impulso destructor, avivado muchas veces desde la propia institución, tiene su tremendo coste; y, por cierto, no lo paga solamente el médico, sino también sus pacientes.
Lamentablemente, con bastante frecuencia, en los equipos sanitarios siempre existen sujetos capaces de poner en marcha el mobbing. Los «trepas», los sujetos «problema», las personas «envidiosas», los individuos egocéntricos y desconfiados, los prepotentes, los omnipotentes, los que rezuman sentimientos de superioridad, los saturados de resentimiento y deseos de venganza, los hipercríticos, etc., siempre se encuentran dispuestos para desplegar e inyectar su veneno agresivo y destructor.
Algunas personas, pueden caer en sus trampas demoledoras, temen su malignidad y hacen todo lo posible para inhibir su agresividad. Pero con el tiempo, estas personas sistemáticamente acosadas, vejadas, humilladas y despreciadas, dejan de ser espontáneas y paralelamente ven cómo disminuye su autoestima de forma progresiva
Muchos tienen auténtico hambre de poder o quieren mantenerse indefinidamente en él y consecuentemente tratan de desembarazarse de cualquier obstáculo que ponga en peligro su meta. Pero naturalmente, estos comportamientos disruptivos surgen en el propio sistema sanitario, son alimentados y reforzados por él. El sistema, ya lo hemos dicho, provoca muchas frustraciones muy importantes para el logro psíquico individual (prestigio, consideración, promoción, etc.). A partir de ahí resulta fácil entender las conductas canallescas que se producen, es decir, se producen pulsiones destructoras que debilitan el sistema y el individuo. El amor a sí mismo, la confianza en sí mismo, la autoestima y la creencia en sí mismo, son seriamente afectados. Pero además en esta estructura surgen otros elementos claramente destructores tales como los perversos narcisistas, los psicóticos, los egocéntricos, los paranoicos, los megalómanos, etc. Estos sujetos encuentran su caldo de cultivo ideal en estos grupos desestructurados delimitando el desarrollo de la personalidad y la autoestima de los demás (fig. 7). De esta forma, se sienten más fuertes, se sitúan por encima del bien y del mal, critican a todo el mundo y, por supuesto, no admiten ninguna crítica o reproche; disfrutan con el sufrimiento de los demás y tienen una fuerte necesidad de sentirse admirados.



Por eso, cuando desde la altura del poder se ve a los seres humanos como simples peones, de los que se puede disponer a capricho, el ambiente se constituye en sí mismo como patológico y agresivamente perturbador. Esta lacerante vulnerabilidad que puede llegar a experimentar el médico en la situación actual permite que se sienta amenazado, angustiado y acosado por una concepción disarmónica de la realidad.



SUPERAR EL «MOBBING»



Ante esta embriaguez malsana, es necesario conseguir el orden, así como vivencias de vitalidad que determinan la placentera sensación de un buen estado de ánimo; ello da lugar al disfrute de una sensación consistente en estar fuera de la vulnerabilidad de cualquier ser humano.



El médico dotado con un ánimo elevado tiene una alegría vital grande y una disposición gozosa al trabajo y a la relación con los demás; esto constituye su gran escudo protector frente al acoso y/o agresión del medio laboral o profesional; por eso, los aspectos angustiosos de la realidad, son relegados a la penumbra de la conciencia.

Es necesario, por lo tanto, salir de la embriaguez patológica del mobbing, de la monstruosidad psicológica de este ambiente circular destructivo y encontrar la sensación plena, placentera y serena que puede aportar el afecto, el ejercicio físico y el apoyo de los seres queridos.

Precisamente la potenciación de la eutimia del médico es un objetivo ciertamente esencial. El médico tiene que ser consciente (¡este es el gran objetivo terapéutico!) de los contenidos de su conciencia que reflejan los peligros de la existencia y, al mismo tiempo, tiene que inundar su pensamiento de contenidos entusiastas y optimistas (¿Será posible?)… Naturalmente el médico puede encontrar bastantes dificultades si no es capaz de desarrollar la capacidad de autorreflexión que le va a permitir detectar los errores y las estratagemas del agresor (Flórez Lozano, 2003).

A partir de ahí, con el apoyo de sus seres queridos, puede encontrar ese optimismo vital que va a ser el auténtico antídoto para prevenir el mobbing. De nuevo, su eutimia colorea su interpretación del mundo y hace posible que los elementos positivos se valoren en primer plano y que los negativos pasen al lugar más oscuro de la conciencia.
El autocontrol, es decir, la regulación de los propios sentimientos, acciones y respuestas emocionales, es una conducta esencial para frenar el mobbing. Es necesario desarrollar todas las acciones terapéuticas centradas en la autoeficacia, una estrategia de afrontamiento que permite prestar atención para identificar los posibles obstáculos.